(continuación)
Los incendios
Si no me equivoco corre el año 1916. No, no me equivoco, estoy segura de la fecha. Es que hay movimiento de festejos oficiales porque es idea del municipio y de las fuerzas vivas de la ciudad conmemorar por lo alto el centenario de la declaración de nuestra independencia. Por supuesto que yo quedaré relegada de todo festejo. Pero esto no viene al caso. El asunto es que acaba de producirse la voladura de la caldera de una máquina a vapor en el aserradero de los hermanos Vaira. A la explosión le sigue un incendio de grandes proporciones que produce alarma y pánico entre los vecinos. Gritos, corridas, hombres y muchachos con baldes de agua y por último el arribo de la incipiente y respetable entidad que es el cuerpo de bomberos voluntarios de la ciudad. La demora de los esforzados servidores vecinales se debe a que tenemos un precario sistema de comunicaciones que nos permite dar presto aviso a nuestros voluntarios sobre cualquier emergencia de riesgo para los vecinos y sus bienes. Sin embargo puedo decir con conocimiento de causa que ahora estamos mejor que hace algunos años. Antes cuando se producía un incendio varios vecinos provistos de sendas chiflas pasaban por las casas donde vivían los voluntarios que oficiaban de bomberos para avisarles, mediante chiflidos y golpes sobre las puertas de sus casas para darles a conocer que la presencia de ellos era necesaria para combatir las llamas que estaban causando estragos en algún domicilio particular o comercio de la zona. Cuando los incendios se producían durante las horas diurnas, todo era más fácil. Pero a la noche la cosa se complicaba. Hoy en día, como nuestra ciudad tiene cada vez más residentes, más casas, más negocios, algunos vecinos progresistas han decidido instalar una campana de alarma en el galpón donde se guarda el material con que se cuenta para combatir las llamas. Tenemos elementos a tal efecto pero son tan escasos que se logra extinguir el incendio luego de grandes penalidades. A mí modesto entender no sólo carecemos de chaquetones, botas, cinturones, cuerdas, cascos y lanzas para agua, nos falta lo principal para ser exitosos “matafuegos” (1) disciplina y organización. Tal es así que a pesar de los ingentes esfuerzos por sofocar las llamas, el aserradero de los Vaira es sólo un montón de cenizas. Partes de sus maquinarias están medio sepultadas sobre la calle Bolívar. En cuanto a mí estoy segura que serviré de receptáculo de todo rezago chamuscado que quedará a la intemperie y será olvidado cuando los pastos lo cubran. Espero en el futuro no tener que enfrentarme a situaciones parecidas a ésta. Es que en lo profundo de mi naturaleza a más de ser chismosa soy miedosa.
Han pasado cinco años desde el incendio del aserradero de los hermanos Vaira y aún no he podido recuperarme totalmente del susto. Supongo que serán las dos o tres de la mañana cuando unos gritos desesperados me despiertan. Calculo la hora de acuerdo a la oscuridad reinante. Todo está muy fosco(2) a pesar de un fuerte resplandor que viene del lado de la que yo llamo mi madre putativa, la diagonal Pueyrredon. Se está incendiando el Almacén de La Carolina. Creo que este incendio es tan importante como lo fue el del aserradero porque La Carolina es el almacén que abastece a toda la zona. Por suerte estoy bastante lejos del batuque producido por las llamas, pero no puedo evitar que mi julepe sea más fuerte que mi sentido común. Espero que esto no se vuelva a repetir porque los siniestros despiertan mi paranoia siempre latente.
Propiedad Horizontal
¡Cómo pasa el tiempo! Ya estamos al comienzo de la quinta década del siglo XX. Están desmontando el cerco perimetral del terreno que es el lugar donde mi vereda impar se esquina con la vereda par de la calle Bolívar. La unión de ambas aceras se resuelve en un ángulo muy cerrado. Ambos lados de éste ángulo están cercados por por un armazón de madera que sirve de bastidor a una alambrada totalmente cubierta por ligustro. Los ligustros en los meses de calor, más precisamente a partir de diciembre, comienzan a florecer. Son flores blancas, muy pequeñas y para nada vistosas. Muchas veces veo cantidad de abejas revoloteando alrededor de estos ligustros florecidos. Son plantas melíferas, dicen los que saben, y agregan con sapiencia que la miel producida por estas flores es de tan mala calidad que pueden arruinar toda la miel que haya en una colmena.
Pero ahora quienes revolotean son hombres empeñados en desarmar la estructura que ha servido de muro a esa parcela, anteriormente propiedad del Dr. Mario Valentini. Después del fallecimiento de este buen vecino, su viuda decidió venderla. Vaya una a saber a quién pertenece ahora. Dicen que es propiedad de una empresa involucrada en esta nueva fiebre de inversión en Mar del Plata que se llama Propiedad Horizontal. Es una modalidad de inversión donde la propiedad de un edificio es compartida por los que poseen separadamente cada piso o vivienda de él y tienen ciertos derechos y obligaciones comunes. Ésta es la definición erudita de la Ley de Propiedad Horizontal. Mi definición es más sencilla. Es una ley que permite adquirir departamentos a precios económicos en nuevos edificios verticales que tienen varios pisos horizontales divididos en departamentos de uno, dos o tres ambientes. Estos edificios se construyen en terrenos baldíos o en terrenos obtenidos después de derribar muchos viejos tradicionales chalets marplatenses.
Se despierta un fervor constructivo en la ciudad. Hay un gran despliegue de andamios, ladrillos, fratachos, mazas, bolsas de cal y cemento, arena a granel, hierros, maderas, etc., etc. Es la hora del asadito. A la 11 de la mañana se huele un aroma tentador que emana de unos trozos de carne desparramados sobre una parrilla improvisada por el albañil, siempre es el mismo, que está encargado de preparar el churrasco diario después de una mañana de arduo trabajo sobre los andamios. Les cuento que ese particular aroma se debe a la leña que usa el parrillero para encender el fueguito asador. Esa leña son pequeños trozos de madera provenientes de los listones largos que se usan para armar los encofrados. Esos trozos llevan adheridos a sus superficies restos del material que fue contenido por ellos, cuando éstos eran aún tablas largas, hasta que fraguase y diera forma y consistencia a las columnas y vigas sobre las cuales el futuro edificio se sostendrá. El contacto del fuego sobre la madera y sus adherencias produce ese inimitable aroma a “asado de obra” imposible de lograr en parrilla alguna, ya sea doméstica o comercial.
Me emociona y entusiasma ver tanta actividad en mi “territorio”, de común un tanto aletargado por ser la puerta de atrás de muchas propiedades cuyas entradas principales se encuentran ya por las Avenidas Independencia o Colón (la mueblería La Asturiana, la propiedad del dentista Mémoli, el edificio de la Liga Marplatense de Football, las oficinas y salones de exposición y ventas de la Concesionaria Ford de los hermanos Stantien, parte de la propiedad de los viejitos Valentini, dos puertas de las cuatro del portón del garage de la Farmacia Independencia de don Pedro Zaccagni), ya por las calles Bolívar o Salta ( las propiedades del doctor Valentini, de la familia Ricaud, del señor Samuel Garfinkel y señora, de la familia Bianchi y de la familia Ríonegro).
Estoy preocupada. La actividad edilicia que tanto me ha entusiasmado ha cesado. Hace un tiempo, dos o tres meses que no veo movimiento laboral en la “obra en construcción”. En fin, no desesperaré. A veces suceden temporales “cese de actividad” en cualquier emprendimiento. Además el edificio, que consta de seis pisos, está bastante adelantado en su edificación. Demos tiempo al tiempo.
Calculo que ha pasado casi año y medio. Ya no hay más tiempo. Definitivamente la obra está parada. Las empalizadas colocadas hace más de catorce meses no han sido movidas de su sitio. Los vecinos comentan que la empresa constructora quebró para luego sentenciar muy sabiamente, con esa indiscutible sabiduría empírica de la gente común, que esto pasa porque se empiezan a construir edificios en altura sin ton ni son. Me apena la situación de aquéllos que se abrieron a la posibilidad de convertirse en nuevos propietarios accediendo a la titularidad de un bien inmueble. ¡Cuántos sueños perdidos, cuantas ilusiones desperdiciadas! Pero quizá no esté todo perdido. Esta mañana, desde una puntita del cordón de una de mis veredas veo a un robusto hombre joven quien muy seguro de sí mismo abre parcialmente una parte de la empalizada que da sobre la calle Bolívar y pasa al interior de la obra paralizada. Al rato sale, coloca la empalizada en su lugar y se va.
Ya pasaron tres días del incidente que les relaté. Hace un ratito ha llegado un camión de mudanzas. El chofer lo estaciona junto al cordón de mi vereda impar. De la cabina descienden el hombre del otro día, el conductor del camión y dos muchachos que están acomodados en la caja de carga del vehículo. Éstos comienzan a bajar, desde el furgón, muebles, una heladera, un lavarropas, un imponente combinado, canastos especiales para mudanza, dos baúles y varias valijas. Una vez que todos estos bártulos están sobre la vereda, el señor robusto le dice a los muchachos que van a tener que subirlos a “pulmón” hasta el quinto piso, recomendándoles que tengan mucho cuidado porque las escaleras son algo empinadas, están abiertas al vacío y muy cerca de ellas se encuentra el hueco donde algún día estará colocado un hipotético ascensor. Los peones quitan toda la empalizada que da sobre la calle Bolívar para entrar por ese lugar todos los enseres que ya detallé.
¡Otra vez es lo mismo! ¡Esta suerte de segundona que la vida me ofrece a cada paso! Los arquitectos diseñaron la puerta de entrada siguiendo las pautas del vecindario, ubicando la entrada principal sobre la calle Bolívar. Este edificio no es la excepción. La cuadra de Bolívar al 3200 tiene cada vez más propietarios cuyos inmuebles resuelven sus patios traseros sobre mis pobres frentes.
Volvamos a lo que está pasando a mi alrededor. Ahora el rollizo hombre vuelve acompañado de una señora de aspecto agradable y de un adolescente muy parecido a ambos. Me entero por conversaciones de los vecinos que en las últimas semanas hubieron reuniones de personas que compraron pisos en propiedad horizontal y ahora están sumamente perjudicados por la suspensión de la construcción. En esas mismas reuniones acordaron que cada uno de los copropietarios tomaría posesión de lo edificado y terminaría su piso a su gusto y en el tiempo que pudiese. Inteligente resolución. Deduzco que esta familia es una de las afectadas por la situación. Me parece bien pero no entiendo como podrán vivir en el lugar. La mudanza previa a su llegada da por sentado que se instalarán en su piso, el que debe carecer, supongo, de los más elementales servicios: agua corriente, cañería de gas, servicio de luz.
La cosa es que ya hace más de seis meses que esta gente vive su rutina familiar y parecen no adolecer de ninguna comodidad citadina. Se mudaron en invierno - julio del año pasado - y ya estamos en verano – febrero de este año.
Un nuevo incendio
Hoy ha sido un hermoso día estival. El atardecer no va en zaga a lo agradable del día. De repente un alboroto sacude las baldosas de mis veredas y arruga mis cordones. El ulular de la sirena de la autobomba de los bomberos anuncia su entrada a toda máquina desde la avenida Independencia hacia la calle Salta. Se estaciona por la calle Bolívar frente a lo que se supone será algún día la entrada principal del edificio que está aún sin terminar. Digo se supone porque, aun a pesar de que está parcialmente habitado por esta valiente familia pionera de la que ya les conté, las empalizadas siguen tal cual quedaron hace casi dos años. Dicen los vecinos que el gordito jefe de familia es un agente inmobiliario muy bien conceptuado en la ciudad. Quizá por su profesión el conozca bien los “pro” y “contra” de la decisión tomada: ocupar la vivienda y afianzar así su derecho de propiedad. Pero estos son temas leguleyos que están muy lejos de mi conocimiento intelectual. No es que me considere mediocre en mi entender pero prefiero afianzar mi discernimiento práctico al intelectual.
Pero volvamos a los bomberos y su autobomba. ¡Qué diferente es esta situación a la que viví cuando la conflagración del aserradero de los hermanos Vaira! Ya no son aquellos valientes vecinos que con buena voluntad y nada de entrenamiento corrían de acá para allá portando baldes o cualquier recipiente que pudiese contener agua para apagar las terribles llamas. No me hubiera sorprendido en esos momentos si hubiese visto pasar a esos voluntarios portando piezgos (3) tal como lo hubiese hecho Sancho Panza en tiempos del Quijote. Ahora es una dotación con personal convenientemente adiestrado, dotado de los elementos indispensables para combatir el fuego y con una autobomba equipada con los adelantos de esta época. Todo el mundo mira hacia el hipotético último piso desde donde se desprende una fina columna de humo, signo innegable de un, por lo menos, principio de incendio. Los bomberos están preocupados porque se les informa que hay personas viviendo dentro de ese proyecto de propiedad horizontal. Sin perder tiempo deciden romper la valla que le es señalada por los convecinos como provisoria puerta de entrada al lugar. Así lo hacen y sin perder más tiempo, heroicamente, con la manguera en mano trepan por la insegura escalera abierta lateralmente al vacío y muy cercana a la oquedad que será en el futuro estuche de un ascensor. Raudamente llegan, manguera en mano y canilla abierta, al techo plano del edificio que está rodeado de una balaustrada. Este detalle transforma a ese techo plano en una terraza. Una terraza, en verano y al atardecer, es el sitio ideal para colocar una parrilla y preparar un asadito. Por lo general es el jefe de familia quien se encarga del asadito, la ensalada corre por cuenta de la “patrona”, mientras que el hijo está aún en la playa jugando al fútbol con sus amigos.
Esta tierna e idílica situación es violentamente transformada en un acuífero caos de gritos, chorros de agua, chorizos ahogados, morcillas empapadas, tiras de asado flotando en el líquido que fluye de las mangueras de los abnegados servidores públicos. El parrillero está calado hasta los huesos. Su señora ha seguido a los bomberos en su loca ascensión y llega espantada casi al borde del desmayo. La noche se va acercando y en el edificio sólo hay luz de obra en el piso ocupado por la empapada familia. Mientras las sombras comienzan a cubrir piadosamente la escena en las alturas, al ras de mis veredas comienza otro alboroto. Cruzando la avenida Independencia vienen corriendo y gritando unos jóvenes, desesperados, a buscar a los bomberos. Se está incendiando un departamento de un edificio en la calle Bolívar a dos cuadras de distancia de donde están trabajando los abnegados pero desorientados bomberos. Nadie entiende nada, las sombras avanzan, todos los que estamos acá abajo vemos ya el resplandor de las llamas. La autobomba se pone en marcha, maniobra marcha atrás, los bomberos bajan las escaleras, la manguera, aun chorreando agua, viene con ellos, todos suben al vehículo en el que llegaron y enfilan hacia el verdadero incendio.
¡Qué noche pasé! No pude dormir, un poco por mis nervios y otro poco por mi deseo de saber que es lo que pasó. Ya, a media mañana, mucho más tranquila, puedo enterarme de todo lo sucedido. Ayer, a la tarde, los bomberos de la ciudad fueron llamados. Se les pidió ayuda porque se estaba incendiando un departamento en la calle Bolívar al 3050. Quien llamó estaba muy nervioso y posiblemente equivocó el número de la casa o algo así. Los bomberos llegaron y… bueno, el resultado ya se los conté. Ah, creo que las pérdidas en el inmueble siniestrado son casi totales. Por fortuna no hay desgracias personales que lamentar.
Teatro Callejero
Es un regocijo. Jamás pensé este regodeo en mi vida. Y lo que es mejor aún es que este gozo mío es compartido por muchas personas. Es como un festejo público. Si muchos convecinos pudieran tomar parte en lo que en estos momentos está sucediendo en mis dominios, diría que este regocijo es el goce de los marplatenses todos.
Creo que el haber sido elegida por un grupo de artistas como sitio adecuado para llevar a cabo una representación artística es lo que me falta para convencerme de que debo dejar de subestimarme. Aparecen de buenas a primeras muchachos y chicas que ponen manos a la obra y en un santiamén levantan un escenario, que parece bastante seguro a pesar de la premura en el trabajo, a mitad de cuadra para aprovechar el alumbrado público que me suministra la Municipalidad de General Pueyrredon. Pero soy una calle oscura porque, a pesar de estar ubicada en lo que en la cuadrícula de la ciudad se conoce como “el centro”, sólo me ilumina un raquítico foquito que pende de un endeble alambre que me cruza de vereda a vereda en la mitad de mi escasa extensión. Por esto, los artistas – a mi me gusta más llamarlos “cómicos de la legua” – muy inteligentemente han tomado en cuenta este detalle. Han traído con ellos un par de reflectores potentes que me inundan de claridad. Luego colocan sillas a guisa de butacas e improvisan unos precarios camarines para cambiarse o maquillarse.
A mi me toma de sorpresa todo este emprendimiento pero colijo que debe haberse publicitado previamente porque poco a poco llegan muchas personas, algunos son vecinos, otros no. Se sientan en las sillas -butacas. Colmada la capacidad ofrecida por éstas, los que no consiguieron asientos se quedan decididos a ver el espectáculo acomodándose para ver la función de pie.
Es una hermosa noche de verano, tibia, tranquila. La sala al aire libre está colmada, los actores actúan, el público está cerca de ellos. Hay una corriente circular de energía positiva entre los cómicos y la audiencia. Es como que interactuasen. El público siente estar integrado en la obra y se transforma en uno más de los actores. Reacciona afectiva e intensamente ante los gestos, expresiones o palabras exteriorizadas por los intérpretes.
Soy yo, la calle oculta, la diagonal oscura, la que les brinda el espacio físico para que se lleve a cabo esta comunión entre los de arriba - en el escenario - y los de abajo - en la platea. Es como si en dos de las improvisadas butacas estuviesen sentadas las hermanas Melpómene y Talia, siempre juntas, aquélla con su máscara trágica adornada por una melena de hojas de parra y ésta, Talia , con su carátula siempre sonriente.
No se si alguna vez se volverá a repetir lo de esta noche. Lo que sé es que esta es una noche “angelada”.
(continuará)
lunes, 19 de abril de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
(continuación)
Tengo Nombre y Apellido
Estoy exultante. ¿A qué se debe mi alegría? A que en el día de hoy, 29 de octubre del Año de Nuestro Señor 1932, por ordenanza municipal, artículo 5°, se me reconoce y otorga nombre y apellido: Diagonal Antonio Álvarez. Cesaré de ser nombrada con una exasperante porfía como Diagonal Pueyrredon. He obtenido mi verdadera identidad. Se que siempre fui importante en el desarrollo del barrio pero ahora gozo, no sólo del reconocimiento popular, que siempre lo tuve, sino del municipio de General Pueyrredon.
Estoy disfrutando de mi apelativo. ¡Estoy tan orgullosa de ser desde hoy la Diagonal Antonio Álvarez! ¿Ustedes saben quien fue D. Antonio Álvarez? Se los voy contar.
Fue un argentino nacido en el año 1848 en Dolores. Estaba radicado en la zona del sudeste de la provincia de Buenos Aires. Contaba 32 años cuando fue nombrado Juez de Paz del recientemente creado Partido de General Pueyrredon. Fue un hombre probo y progresista pues se dedicó a promover obras para mejorar la situación de los habitantes de nuestra ciudad. No sé por qué después de 4 años dejó no sólo la ciudad sino la región circundante. Se comentaba que paso por muchas peripecias hasta que recaló nuevamente por nuestra zona alrededor de 1914. Lo último que supe de él fue que falleció en la Capital Federal. Tenía 76 años.
Bueno, ahora estoy asfaltada, tengo mi propia identidad e iluminación nocturna. ¡Es un progreso importante!
¿Es un progreso importante? Supongo que algún funcionario municipal debe haberse percatado que durante las veinticuatro horas que tarda la Tierra en flirtear con la Luna existen lapsos de tiempo de distinta duración durante los cuales hay ausencia total o parcial de luz natural y que por lo tanto es necesario sustituir o compensar ésta mediante luz artificial. Esta luz artificial que se diferencia notablemente de la natural debe, no obstante, cumplir con unos mínimos requisitos de calidad y cantidad.
Por eso la luminaria que me alumbra es una esmirriada lamparita de 100 bujías que pende de un alambre que va desde una vereda a la otra por la mitad de cuadra. En la vereda de los números impares el hilo de metal está enganchado en el muro posterior de la propiedad de un médico que habita la zona desde que me acuerdo. En la vereda opuesta, el alambre que me sostiene junto con el cable eléctrico que me provee de energía lumínica, está prendido a un gancho clavado sobre la pared de un potrero. Ah! Pero eso sí: a una considerable altura para evitar que algún renegado social rompa la lamparita a cascotazos. No sea que se haga hábito entre los pibes del lugar y al final esta “Vía Blanca” sea una gravosa carga para el erario municipal. Además algún funcionario involucrado con el presupuesto comunal ha tenido en cuenta las borrascas marplatenses, a veces acompañadas por fuerte viento o pesado granizo. De ahí el bonete de chapa que cubre la parte superior del raquítico foquito que son más las veces que está apagado que encendido.
Comienzan las Anécdotas
Reconozco ser imperfecta. Quizá mi imperfección deviene de muchos factores, todos ellos ligados a mi nacimiento. Que la imperfección es un vicio del pensamiento no de la acción está totalmente aceptado. Entiendo que primero se piensa y luego se obra. De un pensamiento positivo siempre surge una obra perfecta, virtuosa y bella. Esto no ha sido mi caso porque yo no fui engendrada ni correcta ni perfectamente. He sido mal concebida, mal concluida… hasta mal hecha diría. Sin ser responsable de esta debilidad, me hago cargo de la misma. A pesar de haber confesado en párrafos anteriores que no me gusta el chisme porque en el chisme hay algo de mendacidad irrespetuosa hacia el semejante, reconozco ser chismosa. Asumo con dignidad esta imperfección mía. En mi descargo señalo que el chismoso dice siempre la verdad. Propaga lo que ve o escucha y es siempre veraz en su chismorreo. Como está en mi espíritu y mi conciencia ser veraz, desde ahora empiezo a chismorrear las discusiones insustanciales o las situaciones un poco más complicadas que se suceden entre los vecinos que me habitan o los transeúntes que cotidianamente me caminan. Son tantas y tan singulares las situaciones de las que he sido espectadora que llenaría una enciclopedia testimonial la cual, aunque muy interesante, terminaría por aburrirles.
He gastado tantas energías atravesando los avatares de mi existencia que a veces mis relatos pueden parecer un tanto difusos. Trataré de ser lo más coherente que pueda para que las anécdotas que les contaré constituyan un conjunto con unidad y sin contradicciones.
Tengo Nombre y Apellido
Estoy exultante. ¿A qué se debe mi alegría? A que en el día de hoy, 29 de octubre del Año de Nuestro Señor 1932, por ordenanza municipal, artículo 5°, se me reconoce y otorga nombre y apellido: Diagonal Antonio Álvarez. Cesaré de ser nombrada con una exasperante porfía como Diagonal Pueyrredon. He obtenido mi verdadera identidad. Se que siempre fui importante en el desarrollo del barrio pero ahora gozo, no sólo del reconocimiento popular, que siempre lo tuve, sino del municipio de General Pueyrredon.
Estoy disfrutando de mi apelativo. ¡Estoy tan orgullosa de ser desde hoy la Diagonal Antonio Álvarez! ¿Ustedes saben quien fue D. Antonio Álvarez? Se los voy contar.
Fue un argentino nacido en el año 1848 en Dolores. Estaba radicado en la zona del sudeste de la provincia de Buenos Aires. Contaba 32 años cuando fue nombrado Juez de Paz del recientemente creado Partido de General Pueyrredon. Fue un hombre probo y progresista pues se dedicó a promover obras para mejorar la situación de los habitantes de nuestra ciudad. No sé por qué después de 4 años dejó no sólo la ciudad sino la región circundante. Se comentaba que paso por muchas peripecias hasta que recaló nuevamente por nuestra zona alrededor de 1914. Lo último que supe de él fue que falleció en la Capital Federal. Tenía 76 años.
Bueno, ahora estoy asfaltada, tengo mi propia identidad e iluminación nocturna. ¡Es un progreso importante!
¿Es un progreso importante? Supongo que algún funcionario municipal debe haberse percatado que durante las veinticuatro horas que tarda la Tierra en flirtear con la Luna existen lapsos de tiempo de distinta duración durante los cuales hay ausencia total o parcial de luz natural y que por lo tanto es necesario sustituir o compensar ésta mediante luz artificial. Esta luz artificial que se diferencia notablemente de la natural debe, no obstante, cumplir con unos mínimos requisitos de calidad y cantidad.
Por eso la luminaria que me alumbra es una esmirriada lamparita de 100 bujías que pende de un alambre que va desde una vereda a la otra por la mitad de cuadra. En la vereda de los números impares el hilo de metal está enganchado en el muro posterior de la propiedad de un médico que habita la zona desde que me acuerdo. En la vereda opuesta, el alambre que me sostiene junto con el cable eléctrico que me provee de energía lumínica, está prendido a un gancho clavado sobre la pared de un potrero. Ah! Pero eso sí: a una considerable altura para evitar que algún renegado social rompa la lamparita a cascotazos. No sea que se haga hábito entre los pibes del lugar y al final esta “Vía Blanca” sea una gravosa carga para el erario municipal. Además algún funcionario involucrado con el presupuesto comunal ha tenido en cuenta las borrascas marplatenses, a veces acompañadas por fuerte viento o pesado granizo. De ahí el bonete de chapa que cubre la parte superior del raquítico foquito que son más las veces que está apagado que encendido.
Comienzan las Anécdotas
Reconozco ser imperfecta. Quizá mi imperfección deviene de muchos factores, todos ellos ligados a mi nacimiento. Que la imperfección es un vicio del pensamiento no de la acción está totalmente aceptado. Entiendo que primero se piensa y luego se obra. De un pensamiento positivo siempre surge una obra perfecta, virtuosa y bella. Esto no ha sido mi caso porque yo no fui engendrada ni correcta ni perfectamente. He sido mal concebida, mal concluida… hasta mal hecha diría. Sin ser responsable de esta debilidad, me hago cargo de la misma. A pesar de haber confesado en párrafos anteriores que no me gusta el chisme porque en el chisme hay algo de mendacidad irrespetuosa hacia el semejante, reconozco ser chismosa. Asumo con dignidad esta imperfección mía. En mi descargo señalo que el chismoso dice siempre la verdad. Propaga lo que ve o escucha y es siempre veraz en su chismorreo. Como está en mi espíritu y mi conciencia ser veraz, desde ahora empiezo a chismorrear las discusiones insustanciales o las situaciones un poco más complicadas que se suceden entre los vecinos que me habitan o los transeúntes que cotidianamente me caminan. Son tantas y tan singulares las situaciones de las que he sido espectadora que llenaría una enciclopedia testimonial la cual, aunque muy interesante, terminaría por aburrirles.
He gastado tantas energías atravesando los avatares de mi existencia que a veces mis relatos pueden parecer un tanto difusos. Trataré de ser lo más coherente que pueda para que las anécdotas que les contaré constituyan un conjunto con unidad y sin contradicciones.
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Anécdotas de una Cale Corta de Mar del Plata
(continuación)
¡Vivan los Vaira!
Así como El Antiguo Testamento, Ecclesiastes, iii, 1, dice que “Hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo que se ha plantado…” yo creo que pronto habrá un tiempo importante para mí. Volvamos al arroyo del Puerto, que tiene tanto que ver conmigo y con el trazado irregular de la manzana 171. En poco tiempo ya no se llamará del Puerto, sino Arroyo de las Chacras. Y será más protagonista que nunca.
Estamos en 1916. Un joven concejal marplatense, Teodoro Bronzini, está sumamente preocupado por la situación complicada en el cruce de los bulevares Colón y Londres (hoy avenida Independencia), donde hay dos manos de ida y dos de vuelta. Se dice que ha presentado un proyecto para arreglar el cruce entre ellos y pavimentar la zona previo entubamiento del arroyo vecino.
Después de casi un año su proyecto se acepta y comienzan las obras de entubamiento. Estamos en la gestión del intendente señor D. Julio César Gascón. Corre el año 1917. Se inicia un primer tramo del entubamiento del arroyo en la zona que va desde la esquina Bolívar y bulevar Londres – vereda par – continuando derecho desde el este al oeste hasta la zona del bulevar Colón alcanzando la calle Salta. Pero no todo lo que brilla es oro, a partir de esta mejora comienza a aparecer una sombra sobre mi futuro. Se habla de la posible desaparición de ese pasaje que la gente llama “Vaira”.
Ante la concreción exitosa de su proyecto anterior, es nuevamente el concejal Teodoro Bronzini quien presenta una nueva proposición progresista. Solucionado el problema del cruce de las hoy avenidas Independencia y Colón, ahora le parece posible el recupero de los terrenos que, por su proximidad ribereña con el arroyo de las Chacras, sirvieron de vaciadero durante tantos años a los vecinos de la zona y sus alrededores. Lo que propone el concejal Bronzini es que se rellene, se nivele, se acordone y se parquice ese tembladeral. Pero esta vez su proyecto no es aceptado.
Es que al abrirse el tránsito a los peatones y el paso a la circulación de los carros por ambos bulevares, el Municipio quiere vender esos terrenos recuperados y lotearlos previo cerramiento de la manzana, haciendo desaparecer el Pasaje Vaira, anulando la vereda y el contrafrente de la manzana triangular 171.
¡Ay de mí! Comienza una lucha entre aquéllos que defienden la posición de los munícipes autores de los planes de prolongar la manzana 171 para formar un cuadrilátero cuyo perímetro esté marcado por las calles Bolívar y Salta y los bulevares Colón y Londres y la voluntad de los Hermanos Vaira de defender sus derechos adquiridos por uso de suelo y costumbre cotidiana. Esta lucha se dirime en los estrados judiciales. Los Vaira sostienen que de cerrarse el pasaje ellos perderán un frente, ya que sus terrenos sólo tendrían frentes sobre Bolívar y Salta. Es obvio que los ganadores de este pleito fueron los Hermanos Vaira, ya que de triunfar el Municipio, hoy yo no existiría. Así que el Pasaje Vaira sigue abierto y el trazado de la manzana de “enfrente” terminará siendo también un triángulo que luego será dividido en parcelas que se lotearan y así seguirá mi historia.
Llega el Asfalto
La obra de entubamiento trae progreso a la zona. Se normaliza el paso entre los bulevares y los vecinos piden a las autoridades acercarse al lugar para resolver un problema que, de algún modo, está retrasando el adelanto integral de la zona: aceras y asfalto. Sabemos que la inversión privada va siempre delante de la inversión estatal, así que se decide resolver primero el asunto de las aceras por iniciativa vecinal.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ayer no más comenzaron a aparecer algunas veredas sobre la calle Bolívar. En cuanto a mí,… bueno, yo sigo siendo el patito feo en este vecindario. Algunas lajas colocadas así no más y tierra apisonada forman mis veredas. De cualquier manera ya estamos en la segunda década del siglo XX. Seré más precisa, en el año 1923. Este año, es importante en mi existencia. Es que el 21 de junio del año 1923 se expide la Ordenanza General de Pavimentación en la cual “Declárese obligatorio el pago de pavimentos que se construya en todo el ejido de la ciudad de Mar del Plata y en la zona del Puerto integrada por las chacras Nº 87, 88, 89 y 90 del ejido de Peralta Ramos”…
Esto está bueno, porque yo, llámeme como me llame, soy una de las calles a pavimentar en el ejido de la ciudad. Pero... siempre hay un pero: los dueños de las parcelas de esta bendita manzana 171 consideran que los linderos de sus terrenos son los frentes que dan sobre las calles Bolívar y/o Salta, mientras que yo sólo represento el contrafrente colindante de los mismos. ¿Querrán estos propietarios hacerse cargo del costo de pavimentación de una callejuela que ni nombre tiene? Mis miedos aumentan cuando leo el artículo 2º de la susodicha Ordenanza General de Pavimentación: “Los propietarios de casas y terrenos están obligados a abonar por sus respectivas propiedades la parte de pavimento que les corresponda, de acuerdo con esta ordenanza”. Debo desechar toda duda y evitar que este recelo se transforme en temor. Pero mi aprensión se potencia cuando me entero del contenido del artículo 15 del documento ya mencionado: “El pago del importe de los afirmados en general, ya sean ejecutados por cuenta de los vecinos o por licitación pública, se efectuará por los propietarios y empresas afectadas al mismo, en esta forma:
En el plazo de cinco años los pavimentos a base de concreto; tres años el macadam y en el de dos años los afirmados de piedra bruta, en cuotas semestrales que devengarán un interés del 7%, debiendo los deudores suscribir pagarés comerciales por las sumas adeudadas.”
¿Habrá algún propietario que voluntariamente pague por mi pavimentación? ¡Ah! Acá hay algo alentador, leamos el apartado
b) “Si el pago se hiciere al contado, a la presentación de la cuenta, los deudores gozarán del beneficio de un 10% de descuento sobre el valor total de su deuda”.
Una oferta muy tentadora pero ¿se dejarán tentar los que deben pagar? Muy atrayente el descuento para quien tenga un considerable excedente de dinero, si es que a algún vecino le sobra dinero en sus bolsillos.
Ajena a todos estos avatares de mi incierto destino de calle a asfaltar, la gente transita presurosa por mi sendero. A veces el transitar por mi es fácil cuando el terreno está firme debido a la escasez de lluvias pero después de alguna precipitación – no necesariamente abundante – es común que los viandantes tropiecen con las aristas de las desniveladas piedras que algún comedido ha puesto sobre mi superficie, a modo de doméstico paso peatonal, para evitar las resbaladizas trampas de lodo.
Han pasado cuatro años. La calle Bolívar ya está asfaltada. Luce, orgullosa y coqueta, un flamante pavimento. No es por nada pero a lo mejor se siente importante porque en la casa sita en Bolívar 3259 funciona la Comisaría Primera de la ciudad de Mar del Plata. Cuando me entero que la liquidación que debe pagar el propietario del terreno de la manzana 171 del cual yo soy contrafrente – por supuesto me refiero a la propiedad con frente en la calle Bolívar 3268/72 – asciende a $ 988,01, me tiemblan las desniveladas piedras puestas sobre mí con veleidades de baldosas.
El 24 de octubre de 1927 (según Cuenta de Pavimentación número 470) el propietario del bien inmueble, señor Juan B. A. Balerdi abona a la Empresa Pavimentadora de la Provincia de Buenos Aires LEMMI, AZZI & COLANGELO y TIRIBELLI la suma de $ 82,00
Me desanimo, suspiro y decido esperar los acontecimientos. No espero mucho. Para el 5 de marzo de 1928 el señor Juan B. A. Balerdi recibe la Cuenta de Pavimentación Nº 3 por la cual se establece que debe abonar a la Empresa de Pavimentos VICENTE FILIPPELLI por obras de pavimentación en la manzana 171 sobre la calle Pueyrredon (que soy yo, ¡si yo misma, pavimentada y aún sin nombre propio!) entre Bolívar y Salta. Esta vez la liquidación asciende a $ 738,05.
Ignoro cuando el señor Balerdi saldó esta deuda, pero no dudo que lo hizo en tiempo y forma. De cualquier modo, ya estoy pavimentada y ahora me siento más segura de mi misma. Sólo me resta luchar por conseguir mi identidad.
¡Vivan los Vaira!
Así como El Antiguo Testamento, Ecclesiastes, iii, 1, dice que “Hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo que se ha plantado…” yo creo que pronto habrá un tiempo importante para mí. Volvamos al arroyo del Puerto, que tiene tanto que ver conmigo y con el trazado irregular de la manzana 171. En poco tiempo ya no se llamará del Puerto, sino Arroyo de las Chacras. Y será más protagonista que nunca.
Estamos en 1916. Un joven concejal marplatense, Teodoro Bronzini, está sumamente preocupado por la situación complicada en el cruce de los bulevares Colón y Londres (hoy avenida Independencia), donde hay dos manos de ida y dos de vuelta. Se dice que ha presentado un proyecto para arreglar el cruce entre ellos y pavimentar la zona previo entubamiento del arroyo vecino.
Después de casi un año su proyecto se acepta y comienzan las obras de entubamiento. Estamos en la gestión del intendente señor D. Julio César Gascón. Corre el año 1917. Se inicia un primer tramo del entubamiento del arroyo en la zona que va desde la esquina Bolívar y bulevar Londres – vereda par – continuando derecho desde el este al oeste hasta la zona del bulevar Colón alcanzando la calle Salta. Pero no todo lo que brilla es oro, a partir de esta mejora comienza a aparecer una sombra sobre mi futuro. Se habla de la posible desaparición de ese pasaje que la gente llama “Vaira”.
Ante la concreción exitosa de su proyecto anterior, es nuevamente el concejal Teodoro Bronzini quien presenta una nueva proposición progresista. Solucionado el problema del cruce de las hoy avenidas Independencia y Colón, ahora le parece posible el recupero de los terrenos que, por su proximidad ribereña con el arroyo de las Chacras, sirvieron de vaciadero durante tantos años a los vecinos de la zona y sus alrededores. Lo que propone el concejal Bronzini es que se rellene, se nivele, se acordone y se parquice ese tembladeral. Pero esta vez su proyecto no es aceptado.
Es que al abrirse el tránsito a los peatones y el paso a la circulación de los carros por ambos bulevares, el Municipio quiere vender esos terrenos recuperados y lotearlos previo cerramiento de la manzana, haciendo desaparecer el Pasaje Vaira, anulando la vereda y el contrafrente de la manzana triangular 171.
¡Ay de mí! Comienza una lucha entre aquéllos que defienden la posición de los munícipes autores de los planes de prolongar la manzana 171 para formar un cuadrilátero cuyo perímetro esté marcado por las calles Bolívar y Salta y los bulevares Colón y Londres y la voluntad de los Hermanos Vaira de defender sus derechos adquiridos por uso de suelo y costumbre cotidiana. Esta lucha se dirime en los estrados judiciales. Los Vaira sostienen que de cerrarse el pasaje ellos perderán un frente, ya que sus terrenos sólo tendrían frentes sobre Bolívar y Salta. Es obvio que los ganadores de este pleito fueron los Hermanos Vaira, ya que de triunfar el Municipio, hoy yo no existiría. Así que el Pasaje Vaira sigue abierto y el trazado de la manzana de “enfrente” terminará siendo también un triángulo que luego será dividido en parcelas que se lotearan y así seguirá mi historia.
Llega el Asfalto
La obra de entubamiento trae progreso a la zona. Se normaliza el paso entre los bulevares y los vecinos piden a las autoridades acercarse al lugar para resolver un problema que, de algún modo, está retrasando el adelanto integral de la zona: aceras y asfalto. Sabemos que la inversión privada va siempre delante de la inversión estatal, así que se decide resolver primero el asunto de las aceras por iniciativa vecinal.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ayer no más comenzaron a aparecer algunas veredas sobre la calle Bolívar. En cuanto a mí,… bueno, yo sigo siendo el patito feo en este vecindario. Algunas lajas colocadas así no más y tierra apisonada forman mis veredas. De cualquier manera ya estamos en la segunda década del siglo XX. Seré más precisa, en el año 1923. Este año, es importante en mi existencia. Es que el 21 de junio del año 1923 se expide la Ordenanza General de Pavimentación en la cual “Declárese obligatorio el pago de pavimentos que se construya en todo el ejido de la ciudad de Mar del Plata y en la zona del Puerto integrada por las chacras Nº 87, 88, 89 y 90 del ejido de Peralta Ramos”…
Esto está bueno, porque yo, llámeme como me llame, soy una de las calles a pavimentar en el ejido de la ciudad. Pero... siempre hay un pero: los dueños de las parcelas de esta bendita manzana 171 consideran que los linderos de sus terrenos son los frentes que dan sobre las calles Bolívar y/o Salta, mientras que yo sólo represento el contrafrente colindante de los mismos. ¿Querrán estos propietarios hacerse cargo del costo de pavimentación de una callejuela que ni nombre tiene? Mis miedos aumentan cuando leo el artículo 2º de la susodicha Ordenanza General de Pavimentación: “Los propietarios de casas y terrenos están obligados a abonar por sus respectivas propiedades la parte de pavimento que les corresponda, de acuerdo con esta ordenanza”. Debo desechar toda duda y evitar que este recelo se transforme en temor. Pero mi aprensión se potencia cuando me entero del contenido del artículo 15 del documento ya mencionado: “El pago del importe de los afirmados en general, ya sean ejecutados por cuenta de los vecinos o por licitación pública, se efectuará por los propietarios y empresas afectadas al mismo, en esta forma:
En el plazo de cinco años los pavimentos a base de concreto; tres años el macadam y en el de dos años los afirmados de piedra bruta, en cuotas semestrales que devengarán un interés del 7%, debiendo los deudores suscribir pagarés comerciales por las sumas adeudadas.”
¿Habrá algún propietario que voluntariamente pague por mi pavimentación? ¡Ah! Acá hay algo alentador, leamos el apartado
b) “Si el pago se hiciere al contado, a la presentación de la cuenta, los deudores gozarán del beneficio de un 10% de descuento sobre el valor total de su deuda”.
Una oferta muy tentadora pero ¿se dejarán tentar los que deben pagar? Muy atrayente el descuento para quien tenga un considerable excedente de dinero, si es que a algún vecino le sobra dinero en sus bolsillos.
Ajena a todos estos avatares de mi incierto destino de calle a asfaltar, la gente transita presurosa por mi sendero. A veces el transitar por mi es fácil cuando el terreno está firme debido a la escasez de lluvias pero después de alguna precipitación – no necesariamente abundante – es común que los viandantes tropiecen con las aristas de las desniveladas piedras que algún comedido ha puesto sobre mi superficie, a modo de doméstico paso peatonal, para evitar las resbaladizas trampas de lodo.
Han pasado cuatro años. La calle Bolívar ya está asfaltada. Luce, orgullosa y coqueta, un flamante pavimento. No es por nada pero a lo mejor se siente importante porque en la casa sita en Bolívar 3259 funciona la Comisaría Primera de la ciudad de Mar del Plata. Cuando me entero que la liquidación que debe pagar el propietario del terreno de la manzana 171 del cual yo soy contrafrente – por supuesto me refiero a la propiedad con frente en la calle Bolívar 3268/72 – asciende a $ 988,01, me tiemblan las desniveladas piedras puestas sobre mí con veleidades de baldosas.
El 24 de octubre de 1927 (según Cuenta de Pavimentación número 470) el propietario del bien inmueble, señor Juan B. A. Balerdi abona a la Empresa Pavimentadora de la Provincia de Buenos Aires LEMMI, AZZI & COLANGELO y TIRIBELLI la suma de $ 82,00
Me desanimo, suspiro y decido esperar los acontecimientos. No espero mucho. Para el 5 de marzo de 1928 el señor Juan B. A. Balerdi recibe la Cuenta de Pavimentación Nº 3 por la cual se establece que debe abonar a la Empresa de Pavimentos VICENTE FILIPPELLI por obras de pavimentación en la manzana 171 sobre la calle Pueyrredon (que soy yo, ¡si yo misma, pavimentada y aún sin nombre propio!) entre Bolívar y Salta. Esta vez la liquidación asciende a $ 738,05.
Ignoro cuando el señor Balerdi saldó esta deuda, pero no dudo que lo hizo en tiempo y forma. De cualquier modo, ya estoy pavimentada y ahora me siento más segura de mi misma. Sólo me resta luchar por conseguir mi identidad.
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sábado, 20 de marzo de 2010
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
(continuación)
¡Vivan los Vaira!
Así como El Antiguo Testamento, Ecclesiastes, iii, 1, dice que “Hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo que se ha plantado…” yo creo que pronto habrá un tiempo importante para mí. Volvamos al arroyo del Puerto, que tiene tanto que ver conmigo y con el trazado irregular de la manzana 171. En poco tiempo ya no se llamará del Puerto, sino Arroyo de las Chacras. Y será más protagonista que nunca.
Estamos en 1916. Un joven concejal marplatense, Teodoro Bronzini, está sumamente preocupado por la situación complicada en el cruce de los bulevares Colón y Londres (hoy avenida Independencia), donde hay dos manos de ida y dos de vuelta. Se dice que ha presentado un proyecto para arreglar el cruce entre ellos y pavimentar la zona previo entubamiento del arroyo vecino.
Después de casi un año su proyecto se acepta y comienzan las obras de entubamiento. Estamos en la gestión del intendente señor D. Julio César Gascón. Corre el año 1917. Se inicia un primer tramo del entubamiento del arroyo en la zona que va desde la esquina Bolívar y bulevar Londres – vereda par – continuando derecho desde el este al oeste hasta la zona del bulevar Colón alcanzando la calle Salta. Pero no todo lo que brilla es oro, a partir de esta mejora comienza a aparecer una sombra sobre mi futuro. Se habla de la posible desaparición de ese pasaje que la gente llama “Vaira”.
Ante la concreción exitosa de su proyecto anterior, es nuevamente el concejal Teodoro Bronzini quien presenta una nueva proposición progresista. Solucionado el problema del cruce de las hoy avenidas Independencia y Colón, ahora le parece posible el recupero de los terrenos que, por su proximidad ribereña con el arroyo de las Chacras, sirvieron de vaciadero durante tantos años a los vecinos de la zona y sus alrededores. Lo que propone el concejal Bronzini es que se rellene, se nivele, se acordone y se parquice ese tembladeral. Pero esta vez su proyecto no es aceptado.
Es que al abrirse el tránsito a los peatones y el paso a la circulación de los carros por ambos bulevares, el Municipio quiere vender esos terrenos recuperados y lotearlos previo cerramiento de la manzana, haciendo desaparecer el Pasaje Vaira, anulando la vereda y el contrafrente de la manzana triangular 171.
¡Ay de mí! Comienza una lucha entre aquéllos que defienden la posición de los munícipes autores de los planes de prolongar la manzana 171 para formar un cuadrilátero cuyo perímetro esté marcado por las calles Bolívar y Salta y los bulevares Colón y Londres y la voluntad de los Hermanos Vaira de defender sus derechos adquiridos por uso de suelo y costumbre cotidiana. Esta lucha se dirime en los estrados judiciales. Los Vaira sostienen que de cerrarse el pasaje ellos perderán un frente, ya que sus terrenos sólo tendrían frentes sobre Bolívar y Salta. Es obvio que los ganadores de este pleito fueron los Hermanos Vaira, ya que de triunfar el Municipio, hoy yo no existiría. Así que el Pasaje Vaira sigue abierto y el trazado de la manzana de “enfrente” terminará siendo también un triángulo que luego será dividido en parcelas que se lotearan y así seguirá mi historia.
Llega el Asfalto
La obra de entubamiento trae progreso a la zona. Se normaliza el paso entre los bulevares y los vecinos piden a las autoridades acercarse al lugar para resolver un problema que, de algún modo, está retrasando el adelanto integral de la zona: aceras y asfalto. Sabemos que la inversión privada va siempre delante de la inversión estatal, así que se decide resolver primero el asunto de las aceras por iniciativa vecinal.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ayer no más comenzaron a aparecer algunas veredas sobre la calle Bolívar. En cuanto a mí,… bueno, yo sigo siendo el patito feo en este vecindario. Algunas lajas colocadas así no más y tierra apisonada forman mis veredas. De cualquier manera ya estamos en la segunda década del siglo XX. Seré más precisa, en el año 1923. Este año, es importante en mi existencia. Es que el 21 de junio del año 1923 se expide la Ordenanza General de Pavimentación en la cual “Declárese obligatorio el pago de pavimentos que se construya en todo el ejido de la ciudad de Mar del Plata y en la zona del Puerto integrada por las chacras Nº 87, 88, 89 y 90 del ejido de Peralta Ramos”…
Esto está bueno, porque yo, llámeme como me llame, soy una de las calles a pavimentar en el ejido de la ciudad. Pero... siempre hay un pero: los dueños de las parcelas de esta bendita manzana 171 consideran que los linderos de sus terrenos son los frentes que dan sobre las calles Bolívar y/o Salta, mientras que yo sólo represento el contrafrente colindante de los mismos. ¿Querrán estos propietarios hacerse cargo del costo de pavimentación de una callejuela que ni nombre tiene? Mis miedos aumentan cuando leo el artículo 2º de la susodicha Ordenanza General de Pavimentación: “Los propietarios de casas y terrenos están obligados a abonar por sus respectivas propiedades la parte de pavimento que les corresponda, de acuerdo con esta ordenanza”. Debo desechar toda duda y evitar que este recelo se transforme en temor. Pero mi aprensión se potencia cuando me entero del contenido del artículo 15 del documento ya mencionado: “El pago del importe de los afirmados en general, ya sean ejecutados por cuenta de los vecinos o por licitación pública, se efectuará por los propietarios y empresas afectadas al mismo, en esta forma:
En el plazo de cinco años los pavimentos a base de concreto; tres años el macadam y en el de dos años los afirmados de piedra bruta, en cuotas semestrales que devengarán un interés del 7%, debiendo los deudores suscribir pagarés comerciales por las sumas adeudadas.”
¿Habrá algún propietario que voluntariamente pague por mi pavimentación? ¡Ah! Acá hay algo alentador, leamos el apartado
b) “Si el pago se hiciere al contado, a la presentación de la cuenta, los deudores gozarán del beneficio de un 10% de descuento sobre el valor total de su deuda”.
Una oferta muy tentadora pero ¿se dejarán tentar los que deben pagar? Muy atrayente el descuento para quien tenga un considerable excedente de dinero, si es que a algún vecino le sobra dinero en sus bolsillos.
Ajena a todos estos avatares de mi incierto destino de calle a asfaltar, la gente transita presurosa por mi sendero. A veces el transitar por mi es fácil cuando el terreno está firme debido a la escasez de lluvias pero después de alguna precipitación – no necesariamente abundante – es común que los viandantes tropiecen con las aristas de las desniveladas piedras que algún comedido ha puesto sobre mi superficie, a modo de doméstico paso peatonal, para evitar las resbaladizas trampas de lodo.
Han pasado cuatro años. La calle Bolívar ya está asfaltada. Luce, orgullosa y coqueta, un flamante pavimento. No es por nada pero a lo mejor se siente importante porque en la casa sita en Bolívar 3259 funciona la Comisaría Primera de la ciudad de Mar del Plata. Cuando me entero que la liquidación que debe pagar el propietario del terreno de la manzana 171 del cual yo soy contrafrente – por supuesto me refiero a la propiedad con frente en la calle Bolívar 3268/72 – asciende a $ 988,01, me tiemblan las desniveladas piedras puestas sobre mí con veleidades de baldosas.
El 24 de octubre de 1927 (según Cuenta de Pavimentación número 470) el propietario del bien inmueble, señor Juan B. A. Balerdi abona a la Empresa Pavimentadora de la Provincia de Buenos Aires LEMMI, AZZI & COLANGELO y TIRIBELLI la suma de $ 82,00
Me desanimo, suspiro y decido esperar los acontecimientos. No espero mucho. Para el 5 de marzo de 1928 el señor Juan B. A. Balerdi recibe la Cuenta de Pavimentación Nº 3 por la cual se establece que debe abonar a la Empresa de Pavimentos VICENTE FILIPPELLI por obras de pavimentación en la manzana 171 sobre la calle Pueyrredon (que soy yo, ¡si yo misma, pavimentada y aún sin nombre propio!) entre Bolívar y Salta. Esta vez la liquidación asciende a $ 738,05.
Ignoro cuando el señor Balerdi saldó esta deuda, pero no dudo que lo hizo en tiempo y forma. De cualquier modo, ya estoy pavimentada y ahora me siento más segura de mi misma. Sólo me resta luchar por conseguir mi identidad.
(continuará)
¡Vivan los Vaira!
Así como El Antiguo Testamento, Ecclesiastes, iii, 1, dice que “Hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo que se ha plantado…” yo creo que pronto habrá un tiempo importante para mí. Volvamos al arroyo del Puerto, que tiene tanto que ver conmigo y con el trazado irregular de la manzana 171. En poco tiempo ya no se llamará del Puerto, sino Arroyo de las Chacras. Y será más protagonista que nunca.
Estamos en 1916. Un joven concejal marplatense, Teodoro Bronzini, está sumamente preocupado por la situación complicada en el cruce de los bulevares Colón y Londres (hoy avenida Independencia), donde hay dos manos de ida y dos de vuelta. Se dice que ha presentado un proyecto para arreglar el cruce entre ellos y pavimentar la zona previo entubamiento del arroyo vecino.
Después de casi un año su proyecto se acepta y comienzan las obras de entubamiento. Estamos en la gestión del intendente señor D. Julio César Gascón. Corre el año 1917. Se inicia un primer tramo del entubamiento del arroyo en la zona que va desde la esquina Bolívar y bulevar Londres – vereda par – continuando derecho desde el este al oeste hasta la zona del bulevar Colón alcanzando la calle Salta. Pero no todo lo que brilla es oro, a partir de esta mejora comienza a aparecer una sombra sobre mi futuro. Se habla de la posible desaparición de ese pasaje que la gente llama “Vaira”.
Ante la concreción exitosa de su proyecto anterior, es nuevamente el concejal Teodoro Bronzini quien presenta una nueva proposición progresista. Solucionado el problema del cruce de las hoy avenidas Independencia y Colón, ahora le parece posible el recupero de los terrenos que, por su proximidad ribereña con el arroyo de las Chacras, sirvieron de vaciadero durante tantos años a los vecinos de la zona y sus alrededores. Lo que propone el concejal Bronzini es que se rellene, se nivele, se acordone y se parquice ese tembladeral. Pero esta vez su proyecto no es aceptado.
Es que al abrirse el tránsito a los peatones y el paso a la circulación de los carros por ambos bulevares, el Municipio quiere vender esos terrenos recuperados y lotearlos previo cerramiento de la manzana, haciendo desaparecer el Pasaje Vaira, anulando la vereda y el contrafrente de la manzana triangular 171.
¡Ay de mí! Comienza una lucha entre aquéllos que defienden la posición de los munícipes autores de los planes de prolongar la manzana 171 para formar un cuadrilátero cuyo perímetro esté marcado por las calles Bolívar y Salta y los bulevares Colón y Londres y la voluntad de los Hermanos Vaira de defender sus derechos adquiridos por uso de suelo y costumbre cotidiana. Esta lucha se dirime en los estrados judiciales. Los Vaira sostienen que de cerrarse el pasaje ellos perderán un frente, ya que sus terrenos sólo tendrían frentes sobre Bolívar y Salta. Es obvio que los ganadores de este pleito fueron los Hermanos Vaira, ya que de triunfar el Municipio, hoy yo no existiría. Así que el Pasaje Vaira sigue abierto y el trazado de la manzana de “enfrente” terminará siendo también un triángulo que luego será dividido en parcelas que se lotearan y así seguirá mi historia.
Llega el Asfalto
La obra de entubamiento trae progreso a la zona. Se normaliza el paso entre los bulevares y los vecinos piden a las autoridades acercarse al lugar para resolver un problema que, de algún modo, está retrasando el adelanto integral de la zona: aceras y asfalto. Sabemos que la inversión privada va siempre delante de la inversión estatal, así que se decide resolver primero el asunto de las aceras por iniciativa vecinal.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ayer no más comenzaron a aparecer algunas veredas sobre la calle Bolívar. En cuanto a mí,… bueno, yo sigo siendo el patito feo en este vecindario. Algunas lajas colocadas así no más y tierra apisonada forman mis veredas. De cualquier manera ya estamos en la segunda década del siglo XX. Seré más precisa, en el año 1923. Este año, es importante en mi existencia. Es que el 21 de junio del año 1923 se expide la Ordenanza General de Pavimentación en la cual “Declárese obligatorio el pago de pavimentos que se construya en todo el ejido de la ciudad de Mar del Plata y en la zona del Puerto integrada por las chacras Nº 87, 88, 89 y 90 del ejido de Peralta Ramos”…
Esto está bueno, porque yo, llámeme como me llame, soy una de las calles a pavimentar en el ejido de la ciudad. Pero... siempre hay un pero: los dueños de las parcelas de esta bendita manzana 171 consideran que los linderos de sus terrenos son los frentes que dan sobre las calles Bolívar y/o Salta, mientras que yo sólo represento el contrafrente colindante de los mismos. ¿Querrán estos propietarios hacerse cargo del costo de pavimentación de una callejuela que ni nombre tiene? Mis miedos aumentan cuando leo el artículo 2º de la susodicha Ordenanza General de Pavimentación: “Los propietarios de casas y terrenos están obligados a abonar por sus respectivas propiedades la parte de pavimento que les corresponda, de acuerdo con esta ordenanza”. Debo desechar toda duda y evitar que este recelo se transforme en temor. Pero mi aprensión se potencia cuando me entero del contenido del artículo 15 del documento ya mencionado: “El pago del importe de los afirmados en general, ya sean ejecutados por cuenta de los vecinos o por licitación pública, se efectuará por los propietarios y empresas afectadas al mismo, en esta forma:
En el plazo de cinco años los pavimentos a base de concreto; tres años el macadam y en el de dos años los afirmados de piedra bruta, en cuotas semestrales que devengarán un interés del 7%, debiendo los deudores suscribir pagarés comerciales por las sumas adeudadas.”
¿Habrá algún propietario que voluntariamente pague por mi pavimentación? ¡Ah! Acá hay algo alentador, leamos el apartado
b) “Si el pago se hiciere al contado, a la presentación de la cuenta, los deudores gozarán del beneficio de un 10% de descuento sobre el valor total de su deuda”.
Una oferta muy tentadora pero ¿se dejarán tentar los que deben pagar? Muy atrayente el descuento para quien tenga un considerable excedente de dinero, si es que a algún vecino le sobra dinero en sus bolsillos.
Ajena a todos estos avatares de mi incierto destino de calle a asfaltar, la gente transita presurosa por mi sendero. A veces el transitar por mi es fácil cuando el terreno está firme debido a la escasez de lluvias pero después de alguna precipitación – no necesariamente abundante – es común que los viandantes tropiecen con las aristas de las desniveladas piedras que algún comedido ha puesto sobre mi superficie, a modo de doméstico paso peatonal, para evitar las resbaladizas trampas de lodo.
Han pasado cuatro años. La calle Bolívar ya está asfaltada. Luce, orgullosa y coqueta, un flamante pavimento. No es por nada pero a lo mejor se siente importante porque en la casa sita en Bolívar 3259 funciona la Comisaría Primera de la ciudad de Mar del Plata. Cuando me entero que la liquidación que debe pagar el propietario del terreno de la manzana 171 del cual yo soy contrafrente – por supuesto me refiero a la propiedad con frente en la calle Bolívar 3268/72 – asciende a $ 988,01, me tiemblan las desniveladas piedras puestas sobre mí con veleidades de baldosas.
El 24 de octubre de 1927 (según Cuenta de Pavimentación número 470) el propietario del bien inmueble, señor Juan B. A. Balerdi abona a la Empresa Pavimentadora de la Provincia de Buenos Aires LEMMI, AZZI & COLANGELO y TIRIBELLI la suma de $ 82,00
Me desanimo, suspiro y decido esperar los acontecimientos. No espero mucho. Para el 5 de marzo de 1928 el señor Juan B. A. Balerdi recibe la Cuenta de Pavimentación Nº 3 por la cual se establece que debe abonar a la Empresa de Pavimentos VICENTE FILIPPELLI por obras de pavimentación en la manzana 171 sobre la calle Pueyrredon (que soy yo, ¡si yo misma, pavimentada y aún sin nombre propio!) entre Bolívar y Salta. Esta vez la liquidación asciende a $ 738,05.
Ignoro cuando el señor Balerdi saldó esta deuda, pero no dudo que lo hizo en tiempo y forma. De cualquier modo, ya estoy pavimentada y ahora me siento más segura de mi misma. Sólo me resta luchar por conseguir mi identidad.
(continuará)
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Los hermanos Vaira
jueves, 14 de enero de 2010
La maldición de la belleza y la hermosura
Disfruto de la buena lectura y de la buena música. Por eso hoy decidí hacer una travesura con dos de mis personajes favoritos: Dorian Gray y Madama Butterfly.
Oscar Wilde dijo de su The Picture of Dorian Gray: "Dorian Gray es como me gustaría ser, lord Henry Wotton es como me ven los demás, y Basil Hallward es como en realidad soy".
Este es mi tributo al autor de una estupenda novela que trata sobre la ética y la estética que el propio Oscar Wilde buscó durante toda su vida, y la hipocresía de la sociedad en la cual el desarrolló su vida social e intelectual.
Madama Butterfly es una joven de quince años que madura como mujer cuando decide defender el honor de su hijo suicidándose para salvar la honra y el futuro del niño.
Este es mi tributo a la entereza de una mujer enamorada que prefiere ser madre antes que cortesana y a su aria del segundo acto Un bel di vedremo cuando confiesa su esperanza en el retorno de su marido americano a ella y al hijo de ambos.
Cho Cho San & Dorian Gray
Una mujer joven y hermosa y un hombre mayor están sentados en una esterilla de bambú sobre la suave ladera de la colina que lleva a la casa en la que ella había vivido los momentos más felices y más tristes de su vida hace ya algunos años. La joven acude todos los anocheceres al mismo lugar desde donde observa el mar, el puerto, los barcos. El hombre, siempre vestido con ropas oscuras, oculta su rostro bajo un sombrero de ala ancha algo caído sobre su frente hasta casi tocar sus ojos. Las sombras de la noche comienzan a rodear a la pareja. Aunque a cierta distancia ambos parecen inmóviles marionetas lo cierto es que están dialogando.
Ella es Cho Cho San, la Dama Mariposa de Puccini, él es Dorian Gray, el icono de la Belleza de Oscar Wilde.
En un crepúsculo otoñal dos almas que penaban coincidieron en la ladera de una elevación natural del suelo en Nagasaki, una ciudad japonesa. Desde ese momento ambos acordaron tácitamente verse todos los anocheceres en el mismo sitio para conversar. La cita se cumple y el tema de la conversación se repite noche a noche. Para ella es la purificación de alguna experiencia suya, vital y profunda, mientras que para el hombre es una eliminación de recuerdos de hechos pasados que perturban su conciencia.
D -“¿Te acuerdas Butterfly cómo entablamos nuestra primera conversación? Tú estabas ahí, sentada sobre la ladera de esta colina con el torso inclinado hacia adelante, mirando al mar viendo pasar muchas velas desplegadas, pero ninguna del barco que esperabas. Me acerqué a ti y observé la mirada de tus rasgados ojos negros fijos en el agua que fluía, subía y bajaba al ritmo de las olas que llegaban y partían de la orilla. Pensé que estabas por enterrar tu corazón bajo un banco de arena en la orilla de la playa.”
B -“Lo recuerdo muy bien, querido Dorian, muy bien”
D -“Me atreví a decirte que volvieses a tu casa porque una bella joven como tú no debía sepultar el amor que su corazón ha atesorado en el tiempo. Lo que se ha amado no se puede soterrar.”
B -“Yo te respondí que si se podía cuando el corazón estaba muerto. Mi corazón comenzó a morir cuando florecieron las primeras flores de la primavera, luego en el momento en que se encendieron las estrellas del verano, más tarde al aparecer la luna llena del otoño, y por último se detuvo al aparecer el lucero vespertino del invierno. ¡Cuánto tiempo tardó en morir mi corazón”!
D -“Pero yo pude convencerte que tu corazón seguía latiendo en tu alma aún después de haber renunciado a tu vida terrenal”. Yo, que también había decidido abandonar mi vida terrenal, seguía viviendo”. “Pero mi corazón seguía latiendo en un alma sucia, no impoluta como la tuya”. Te confesé que no me atrevía mirar hacia atrás para no ver mi antigua felicidad. Sabía que si lo hacía jamás podría soportar mi deprimente futuro”
B -“¿Entonces por qué me alentaste a seguir viviendo?”
D -“Porque tanto tú como yo, dulce Mariposa, cometimos un pecado del que no somos responsables. Pecamos de ser jóvenes bellamente hermosos”
B – “Tu pensamiento es oscuro y confunde mis ideas. No entiendo porque fuimos pecadores irresponsables.
D-“Tu, Cho Cho San, eres hermosa porque está en tu naturaleza el serlo”
“Yo, Dorian Gray, he sido – ya no más - bello porque así me representó el arte”.
“Tu obedeciste a tus sentimientos. Yo, a mis pensamientos”
“Tu fuiste hermosa cuando reías y cuando llorabas. Yo he sido bello porque mi rostro fue así plasmado sobre la tela por aquel pintor que sólo buscaba la belleza artística sin percatarse de la vanidad del modelo – que era yo. Sus pinceles soltaron cual caja de Pandora todo mi ego, mis vicios y hasta mis más viles sentimientos y condenables acciones. Pero no fueron capaces de encontrar mis virtudes… quizá porque nunca las tuve.
“Tu hermosura es natural. Mi belleza es artística”.
“Y ambas, hermosura y belleza, belleza y hermosura nos han llevado a cometer el error más imperdonable del ser humano y del que nunca podremos abjurar: quitarnos voluntariamente la vida.
B -“Dicen que en cada pecado que se comete esta implícita la penitencia para el pecador. Luego yo te pregunto: Dorian, ¿de qué hemos sido culpables? Si yo nací hermosa, como dices, y tú fuiste artísticamente bello… ¿Qué ley quebrantamos? ¿Qué mandamiento divino desobedecimos?”
D – “Ambos transgredimos voluntariamente el precepto sagrado de preservar la vida humana. No hay en el mundo, dulce Mariposa, hombre tan sabio que pueda justificar nuestras acciones”.
B -“Mira Dorian, ya aparece el lucero del alba. Se disipan las sombras pero el viento que sopla desde el este no me permite ver con claridad la entrada al puerto”
D -“¿Siempre esperas el barco que sabes no retornará jamás? ”
B -“Nunca espero el barco; siempre espero un barco.”
D -“¿Qué juego de palabras es éste? ”
B -“No es un juego, es una confesión. Esperar el barco es decir esperar a Pinkerton. Él ya no existe para mí, ni vivo ni muerto. Sumida estoy en el olvido. He arrancado su recuerdo con exitosa y tenaz voluntad de mi memoria”
D -“¿Entonces por qué tienes siempre tu mirada dirigida al horizonte marino?”
B -“Porque espero que algún día un navío amarre en el puerto y por su planchada baje un adolescente de rasgados ojos celestes y rubia cabellera. Su rostro apenas recuerdo pero debe ser tan puro como era cuando niño”.
D -“¿Tu hijo?”
B -“Mi hijo. Pero hoy esta corriente de aire marino que arremolina la arena de la playa llena de amarillo polvo mis ojos y me obliga a cerrarlos”.
D -“¿Lloras?”
B -“Si lloro. Lloro por él, mi hijo. Ruego por él, mi hijo. Espero por él, mi hijo”
D -“Butterfly, ¡tu misma me contaste que se lo entregaste a Pinkerton, su padre, y a su esposa americana para que lo llevaran, educaran y viviese feliz en otro país más allá del mar!”
B -“Si, ¡sólo tenía tres años y era tan dulce el pequeño! Lo hice porque en mi sociedad, por mi culpa, ya estaba discriminado. Mi hijo no viviría sin honor por una falta que su madre había cometido. No lo podía permitir. Luego cumplí con una ley ancestral nuestra: ‘Con honor muere quien no puede vivir con honor’”.
D -“Y te quitaste la vida”
B -“Si, honorablemente. La mía fue una muerte con honra. Honré a mis antepasados. Cometí seppuku, nuestro suicidio ritual. Sé que fui virtuosa en el momento de irme de este mundo porque enaltecí el honor que me legaron mis antepasados y cedí a mi hijo la herencia de la honra familiar”.
D -“¿Por qué te culpas de tu historia de vida con Pinkerton?” “Eras tan joven y tan inocente”.
B -“Joven, sí. Inocente, no”
D -“No alcanzo a entenderte. O quizá lo que no entienda es tu forma de pensar. A lo mejor porque son tus ancestros quienes hablan por ti. Los orientales tienen una manera de pensar o de ver las cosas diferente a los occidentales”.
D -“Te olvidas, amigo mío, que yo soy una geisha. Una geisha llamada Mariposa – o Butterfly como me decía Pinkerton”. “Las geishas no somos tan cándidas ni las mariposas tan frágiles como la gente cree”.
B -“Coincido contigo en este punto. Las mariposas crecen encerradas en un capullo de delicada pared transparente. Cuando es su momento de salir al mundo, rompen ese débil muro. Sus movimientos son tenues, primorosos te diría. Sus alas, húmedas al principio, toman fuerza y ligereza. Son torpes en los primeros vuelos pero… en poco tiempo vuelan hábilmente. Están en vida tan llenas de obstáculos como de hermosura. Y cuando mueren sus alas conservan sus colores inalterables. Es más, creo que no mueren sino que perduran en su hermosura. Como tu, mi querida amiga”.
D -“Si, así son ellas. A veces me parece que las mariposas son sólo flores que revolotean felices porque se libraron del tallo que las ataban a la tierra. Pero nosotras, las geishas nunca pudimos, ni podremos, liberarnos de nuestro atávico destino. Nuestra fuerza espiritual es mantener formas de vida y costumbres de nuestros antepasados”.
D -“Mira Cho Cho San como la luna plateada está brillando entre los cerezos en flor. Y ¿no te parece escuchar como un canto de niñas entre el follaje de los pinos?”
B -“Es que el perfume de la primavera no está lejos de nosotros y quienes cantan son las niñas que están siendo instruidas – como lo fui yo a su edad – en la disciplina de las geishas. Son las ‘maiko’, que comienzan a ser aleccionadas desde los ocho añitos. Son todas niñas muy inteligentes y habilidosas. Conocen el arte de la música. Ejecutan tanto la flauta de bambú como el tamborcillo japonés. Entonan nuestras tradicionales canciones con pequeña y dulce voz. Danzan graciosamente las figuras del clásico baile japonés. Aprenden a amar la poesía y hacer grata la vida de los hombres que conocerán apenas pisen la adolescencia”.
B -“Hermosa vida las de estas jovencitas”.
B -“No lo creas. No es así, querido amigo. Ellas nunca tendrán una vida feliz. Yo tampoco la tuve”.
D -“Hace un tiempo que nos conocimos y comenzamos a contarnos nuestras cuitas. Hoy te pregunto lo que nunca me atreví. ¿Por qué tu vida ha sido tan desdichada”?
B -“Porque apenas conocí a Pinkerton él supo excitar en mi un sentimiento desconocido: AMOR. Despertó en mí la novedad de la pasión y el deseo sexual. Me enamoré y sólo tenía un anhelo, un deseo vehemente. Vivir con él y para él. Cuando lo conocí yo era mucho más mujer que él hombre”.
D -“Sigo sin entenderte. Creo que él era mucho mayor. Tú tenías quince años y él era oficial de la marina estadounidense ¿Esa diferencia de edad no fue a su favor?
B -“De ninguna manera. Yo no era una cándida adolescente. Deseaba ser la mujer de él, sólo para él. Pinkerton me atrajo por su gentileza, su aspecto, sus actitudes y ademanes tan distintos a los que yo estaba acostumbrada recibir de los hombres de mi sociedad. Sus ropas eran distintas. Su forma de demostrarme pasión era desconocida para mí. Abandoné a mi danna y empleé toda mis artes y mañas para casarme con mi hombre americano y llevarlo a vivir en mi mundo de flores y sauces”. No supe distinguir la diferencia que había – y hay – entre nuestras sociedades. El venía de un mundo occidental, materialista, donde todo se conseguía sin tardanza, sin permitir que nada se interponga a lo deseado. Era un individuo pragmático que conocía a fondo las leyes navales, las disciplinas militares pero desconocía las leyes sutiles de la vida y menos aún sabía tratar a las personas que actuamos de acuerdo a estas leyes”.
D -“Siento en tus palabras algo así como una exculpación al comportamiento del americano, mientras tu te censuras con dureza. Me costó mi vida aprender que el motor que mueve al ser humano es, desde siempre, el Amor. El amor es un sentimiento que moviliza las acciones de hombres y mujeres. Pueden ser actos grandiosos, trascendentales, pequeños o cotidianos, pero todos tienen como raíz común el sentimiento que experimenta una persona hacia otra y se manifiesta en el deseo de su compañía y en el de compartir alegrías y penas”. Hay distintas clases de amor. En ustedes se manifestó en forma de atracción afectiva y física. Tú eras una adolescente enamorada del amor que en tu caso se personificó en Pinkerton. Te entregaste a él sin dudar porque no desconfiaste del hombre. Sentías – y con razón – que no se puede llevar adelante una relación sin confiar. En cuanto a él, sólo era un joven hedonista que en todo momento actuó en forma irreflexiva sin advertir la trascendencia de sus actos. La mesura de su alma fue desbordada por la desmesura de su pasión. Y así obró en consecuencia”.
B – “Y en ti ¿cómo se manifestó el amor? Porque tú te enamoraste, ¿verdad?
D – “En su momento pensé haber estado enamorado. Pero no, nunca lo estuve. Me rectifico. Sí, lo estuve. Estuve enamorado de mí mismo. Yo, que me sabía bello tenía un único objetivo: no perder mi belleza, costase lo que costase. Y así canjeé un alma eterna por una belleza perecedera. Total, mi alma, proclive a la corrupción, valía muy poco”. Quebranté voluntariamente el precepto divino de la vida finita: sólo Dios es quien da y quita la vida al Hombre. Busqué mi inmortalidad, ambicioné la juventud eterna, alardeé de mi belleza total. Y no vacilé en llegar hasta el crimen.”
B – ¿“Entonces…”?
D – “Entonces pasó el tiempo, pasaron muchas personas, sucedieron muchas cosas. Al final de mi camino, una noche cualquiera, en mi cuarto sólo estábamos – como desde hacía muchos años - mi retrato y yo. Mi retrato que era la representación de mi alma. Mi alma corrompida. En mi retrato mi rostro ya no era más bello, era un rostro envejecido en donde estaban presentes todos los rastros que dejan los vicios, los malos deseos, los pecados, las pasiones erróneas. Y comencé a odiarlo a él y a odiarme a mi mismo. Y ahí estaba el cuchillo con él que apuñalé al pintor que fue el autor de la tela que arruinó mi vida. ¡Ay! Cuántas veces hube limpiado la hoja de ese cuchillo. Estaba pulcro y brillaba en la oscuridad. Así como asesiné al pintor, asesinaría el trabajo del pintor. Y así todo terminaría. Luego estaría libre y en paz”.
B - ¿”Destruiste el retrato”?
D – “Si. Pero no quise detenerme y decidido a terminar con todo, hundí el cuchillo en mi corazón. Por fin llegó el final. Luego, lo de siempre. Los criados, que escucharon mi agónico grito y el ruido de mi cuerpo al caer sobre el piso del cuarto, se acercaron a la puerta del mismo, forzaron su cerradura y me encontraron tirado sobre la celeste alfombra que comenzaba a teñirse de rojo bajo mi espalda. No me reconocieron de inmediato. Mi rostro tenía una repulsiva apariencia mientras se marchitaba bajo una red de arrugas que iban apareciendo poco a poco. Sólo mi gabán negro y mi anillo de sello, que siempre llevaba en mi anular derecho, les dio la certeza de que era yo quien yacía al pie del retrato rasgado.
B – “¿Y desde entonces tu espíritu doliente vagó por el espacio sideral hasta que casualmente nos encontramos? Somos dos almas en pena que quizá ya hayamos pagado nuestros pecados y por eso Dios nos ha dado la dicha de hallarnos y estar en paz con nosotros mismos”.
“ ¿ Y tu retrato, qué se hizo de él”?
D – “No sé que ha sido de mi retrato. Lo que sé es que mientras yo me cubría de arrugas, mi rostro, en su retrato, recuperó su maravillosa exquisita juventud y belleza”.
Oscar Wilde dijo de su The Picture of Dorian Gray: "Dorian Gray es como me gustaría ser, lord Henry Wotton es como me ven los demás, y Basil Hallward es como en realidad soy".
Este es mi tributo al autor de una estupenda novela que trata sobre la ética y la estética que el propio Oscar Wilde buscó durante toda su vida, y la hipocresía de la sociedad en la cual el desarrolló su vida social e intelectual.
Madama Butterfly es una joven de quince años que madura como mujer cuando decide defender el honor de su hijo suicidándose para salvar la honra y el futuro del niño.
Este es mi tributo a la entereza de una mujer enamorada que prefiere ser madre antes que cortesana y a su aria del segundo acto Un bel di vedremo cuando confiesa su esperanza en el retorno de su marido americano a ella y al hijo de ambos.
Cho Cho San & Dorian Gray
Una mujer joven y hermosa y un hombre mayor están sentados en una esterilla de bambú sobre la suave ladera de la colina que lleva a la casa en la que ella había vivido los momentos más felices y más tristes de su vida hace ya algunos años. La joven acude todos los anocheceres al mismo lugar desde donde observa el mar, el puerto, los barcos. El hombre, siempre vestido con ropas oscuras, oculta su rostro bajo un sombrero de ala ancha algo caído sobre su frente hasta casi tocar sus ojos. Las sombras de la noche comienzan a rodear a la pareja. Aunque a cierta distancia ambos parecen inmóviles marionetas lo cierto es que están dialogando.
Ella es Cho Cho San, la Dama Mariposa de Puccini, él es Dorian Gray, el icono de la Belleza de Oscar Wilde.
En un crepúsculo otoñal dos almas que penaban coincidieron en la ladera de una elevación natural del suelo en Nagasaki, una ciudad japonesa. Desde ese momento ambos acordaron tácitamente verse todos los anocheceres en el mismo sitio para conversar. La cita se cumple y el tema de la conversación se repite noche a noche. Para ella es la purificación de alguna experiencia suya, vital y profunda, mientras que para el hombre es una eliminación de recuerdos de hechos pasados que perturban su conciencia.
D -“¿Te acuerdas Butterfly cómo entablamos nuestra primera conversación? Tú estabas ahí, sentada sobre la ladera de esta colina con el torso inclinado hacia adelante, mirando al mar viendo pasar muchas velas desplegadas, pero ninguna del barco que esperabas. Me acerqué a ti y observé la mirada de tus rasgados ojos negros fijos en el agua que fluía, subía y bajaba al ritmo de las olas que llegaban y partían de la orilla. Pensé que estabas por enterrar tu corazón bajo un banco de arena en la orilla de la playa.”
B -“Lo recuerdo muy bien, querido Dorian, muy bien”
D -“Me atreví a decirte que volvieses a tu casa porque una bella joven como tú no debía sepultar el amor que su corazón ha atesorado en el tiempo. Lo que se ha amado no se puede soterrar.”
B -“Yo te respondí que si se podía cuando el corazón estaba muerto. Mi corazón comenzó a morir cuando florecieron las primeras flores de la primavera, luego en el momento en que se encendieron las estrellas del verano, más tarde al aparecer la luna llena del otoño, y por último se detuvo al aparecer el lucero vespertino del invierno. ¡Cuánto tiempo tardó en morir mi corazón”!
D -“Pero yo pude convencerte que tu corazón seguía latiendo en tu alma aún después de haber renunciado a tu vida terrenal”. Yo, que también había decidido abandonar mi vida terrenal, seguía viviendo”. “Pero mi corazón seguía latiendo en un alma sucia, no impoluta como la tuya”. Te confesé que no me atrevía mirar hacia atrás para no ver mi antigua felicidad. Sabía que si lo hacía jamás podría soportar mi deprimente futuro”
B -“¿Entonces por qué me alentaste a seguir viviendo?”
D -“Porque tanto tú como yo, dulce Mariposa, cometimos un pecado del que no somos responsables. Pecamos de ser jóvenes bellamente hermosos”
B – “Tu pensamiento es oscuro y confunde mis ideas. No entiendo porque fuimos pecadores irresponsables.
D-“Tu, Cho Cho San, eres hermosa porque está en tu naturaleza el serlo”
“Yo, Dorian Gray, he sido – ya no más - bello porque así me representó el arte”.
“Tu obedeciste a tus sentimientos. Yo, a mis pensamientos”
“Tu fuiste hermosa cuando reías y cuando llorabas. Yo he sido bello porque mi rostro fue así plasmado sobre la tela por aquel pintor que sólo buscaba la belleza artística sin percatarse de la vanidad del modelo – que era yo. Sus pinceles soltaron cual caja de Pandora todo mi ego, mis vicios y hasta mis más viles sentimientos y condenables acciones. Pero no fueron capaces de encontrar mis virtudes… quizá porque nunca las tuve.
“Tu hermosura es natural. Mi belleza es artística”.
“Y ambas, hermosura y belleza, belleza y hermosura nos han llevado a cometer el error más imperdonable del ser humano y del que nunca podremos abjurar: quitarnos voluntariamente la vida.
B -“Dicen que en cada pecado que se comete esta implícita la penitencia para el pecador. Luego yo te pregunto: Dorian, ¿de qué hemos sido culpables? Si yo nací hermosa, como dices, y tú fuiste artísticamente bello… ¿Qué ley quebrantamos? ¿Qué mandamiento divino desobedecimos?”
D – “Ambos transgredimos voluntariamente el precepto sagrado de preservar la vida humana. No hay en el mundo, dulce Mariposa, hombre tan sabio que pueda justificar nuestras acciones”.
B -“Mira Dorian, ya aparece el lucero del alba. Se disipan las sombras pero el viento que sopla desde el este no me permite ver con claridad la entrada al puerto”
D -“¿Siempre esperas el barco que sabes no retornará jamás? ”
B -“Nunca espero el barco; siempre espero un barco.”
D -“¿Qué juego de palabras es éste? ”
B -“No es un juego, es una confesión. Esperar el barco es decir esperar a Pinkerton. Él ya no existe para mí, ni vivo ni muerto. Sumida estoy en el olvido. He arrancado su recuerdo con exitosa y tenaz voluntad de mi memoria”
D -“¿Entonces por qué tienes siempre tu mirada dirigida al horizonte marino?”
B -“Porque espero que algún día un navío amarre en el puerto y por su planchada baje un adolescente de rasgados ojos celestes y rubia cabellera. Su rostro apenas recuerdo pero debe ser tan puro como era cuando niño”.
D -“¿Tu hijo?”
B -“Mi hijo. Pero hoy esta corriente de aire marino que arremolina la arena de la playa llena de amarillo polvo mis ojos y me obliga a cerrarlos”.
D -“¿Lloras?”
B -“Si lloro. Lloro por él, mi hijo. Ruego por él, mi hijo. Espero por él, mi hijo”
D -“Butterfly, ¡tu misma me contaste que se lo entregaste a Pinkerton, su padre, y a su esposa americana para que lo llevaran, educaran y viviese feliz en otro país más allá del mar!”
B -“Si, ¡sólo tenía tres años y era tan dulce el pequeño! Lo hice porque en mi sociedad, por mi culpa, ya estaba discriminado. Mi hijo no viviría sin honor por una falta que su madre había cometido. No lo podía permitir. Luego cumplí con una ley ancestral nuestra: ‘Con honor muere quien no puede vivir con honor’”.
D -“Y te quitaste la vida”
B -“Si, honorablemente. La mía fue una muerte con honra. Honré a mis antepasados. Cometí seppuku, nuestro suicidio ritual. Sé que fui virtuosa en el momento de irme de este mundo porque enaltecí el honor que me legaron mis antepasados y cedí a mi hijo la herencia de la honra familiar”.
D -“¿Por qué te culpas de tu historia de vida con Pinkerton?” “Eras tan joven y tan inocente”.
B -“Joven, sí. Inocente, no”
D -“No alcanzo a entenderte. O quizá lo que no entienda es tu forma de pensar. A lo mejor porque son tus ancestros quienes hablan por ti. Los orientales tienen una manera de pensar o de ver las cosas diferente a los occidentales”.
D -“Te olvidas, amigo mío, que yo soy una geisha. Una geisha llamada Mariposa – o Butterfly como me decía Pinkerton”. “Las geishas no somos tan cándidas ni las mariposas tan frágiles como la gente cree”.
B -“Coincido contigo en este punto. Las mariposas crecen encerradas en un capullo de delicada pared transparente. Cuando es su momento de salir al mundo, rompen ese débil muro. Sus movimientos son tenues, primorosos te diría. Sus alas, húmedas al principio, toman fuerza y ligereza. Son torpes en los primeros vuelos pero… en poco tiempo vuelan hábilmente. Están en vida tan llenas de obstáculos como de hermosura. Y cuando mueren sus alas conservan sus colores inalterables. Es más, creo que no mueren sino que perduran en su hermosura. Como tu, mi querida amiga”.
D -“Si, así son ellas. A veces me parece que las mariposas son sólo flores que revolotean felices porque se libraron del tallo que las ataban a la tierra. Pero nosotras, las geishas nunca pudimos, ni podremos, liberarnos de nuestro atávico destino. Nuestra fuerza espiritual es mantener formas de vida y costumbres de nuestros antepasados”.
D -“Mira Cho Cho San como la luna plateada está brillando entre los cerezos en flor. Y ¿no te parece escuchar como un canto de niñas entre el follaje de los pinos?”
B -“Es que el perfume de la primavera no está lejos de nosotros y quienes cantan son las niñas que están siendo instruidas – como lo fui yo a su edad – en la disciplina de las geishas. Son las ‘maiko’, que comienzan a ser aleccionadas desde los ocho añitos. Son todas niñas muy inteligentes y habilidosas. Conocen el arte de la música. Ejecutan tanto la flauta de bambú como el tamborcillo japonés. Entonan nuestras tradicionales canciones con pequeña y dulce voz. Danzan graciosamente las figuras del clásico baile japonés. Aprenden a amar la poesía y hacer grata la vida de los hombres que conocerán apenas pisen la adolescencia”.
B -“Hermosa vida las de estas jovencitas”.
B -“No lo creas. No es así, querido amigo. Ellas nunca tendrán una vida feliz. Yo tampoco la tuve”.
D -“Hace un tiempo que nos conocimos y comenzamos a contarnos nuestras cuitas. Hoy te pregunto lo que nunca me atreví. ¿Por qué tu vida ha sido tan desdichada”?
B -“Porque apenas conocí a Pinkerton él supo excitar en mi un sentimiento desconocido: AMOR. Despertó en mí la novedad de la pasión y el deseo sexual. Me enamoré y sólo tenía un anhelo, un deseo vehemente. Vivir con él y para él. Cuando lo conocí yo era mucho más mujer que él hombre”.
D -“Sigo sin entenderte. Creo que él era mucho mayor. Tú tenías quince años y él era oficial de la marina estadounidense ¿Esa diferencia de edad no fue a su favor?
B -“De ninguna manera. Yo no era una cándida adolescente. Deseaba ser la mujer de él, sólo para él. Pinkerton me atrajo por su gentileza, su aspecto, sus actitudes y ademanes tan distintos a los que yo estaba acostumbrada recibir de los hombres de mi sociedad. Sus ropas eran distintas. Su forma de demostrarme pasión era desconocida para mí. Abandoné a mi danna y empleé toda mis artes y mañas para casarme con mi hombre americano y llevarlo a vivir en mi mundo de flores y sauces”. No supe distinguir la diferencia que había – y hay – entre nuestras sociedades. El venía de un mundo occidental, materialista, donde todo se conseguía sin tardanza, sin permitir que nada se interponga a lo deseado. Era un individuo pragmático que conocía a fondo las leyes navales, las disciplinas militares pero desconocía las leyes sutiles de la vida y menos aún sabía tratar a las personas que actuamos de acuerdo a estas leyes”.
D -“Siento en tus palabras algo así como una exculpación al comportamiento del americano, mientras tu te censuras con dureza. Me costó mi vida aprender que el motor que mueve al ser humano es, desde siempre, el Amor. El amor es un sentimiento que moviliza las acciones de hombres y mujeres. Pueden ser actos grandiosos, trascendentales, pequeños o cotidianos, pero todos tienen como raíz común el sentimiento que experimenta una persona hacia otra y se manifiesta en el deseo de su compañía y en el de compartir alegrías y penas”. Hay distintas clases de amor. En ustedes se manifestó en forma de atracción afectiva y física. Tú eras una adolescente enamorada del amor que en tu caso se personificó en Pinkerton. Te entregaste a él sin dudar porque no desconfiaste del hombre. Sentías – y con razón – que no se puede llevar adelante una relación sin confiar. En cuanto a él, sólo era un joven hedonista que en todo momento actuó en forma irreflexiva sin advertir la trascendencia de sus actos. La mesura de su alma fue desbordada por la desmesura de su pasión. Y así obró en consecuencia”.
B – “Y en ti ¿cómo se manifestó el amor? Porque tú te enamoraste, ¿verdad?
D – “En su momento pensé haber estado enamorado. Pero no, nunca lo estuve. Me rectifico. Sí, lo estuve. Estuve enamorado de mí mismo. Yo, que me sabía bello tenía un único objetivo: no perder mi belleza, costase lo que costase. Y así canjeé un alma eterna por una belleza perecedera. Total, mi alma, proclive a la corrupción, valía muy poco”. Quebranté voluntariamente el precepto divino de la vida finita: sólo Dios es quien da y quita la vida al Hombre. Busqué mi inmortalidad, ambicioné la juventud eterna, alardeé de mi belleza total. Y no vacilé en llegar hasta el crimen.”
B – ¿“Entonces…”?
D – “Entonces pasó el tiempo, pasaron muchas personas, sucedieron muchas cosas. Al final de mi camino, una noche cualquiera, en mi cuarto sólo estábamos – como desde hacía muchos años - mi retrato y yo. Mi retrato que era la representación de mi alma. Mi alma corrompida. En mi retrato mi rostro ya no era más bello, era un rostro envejecido en donde estaban presentes todos los rastros que dejan los vicios, los malos deseos, los pecados, las pasiones erróneas. Y comencé a odiarlo a él y a odiarme a mi mismo. Y ahí estaba el cuchillo con él que apuñalé al pintor que fue el autor de la tela que arruinó mi vida. ¡Ay! Cuántas veces hube limpiado la hoja de ese cuchillo. Estaba pulcro y brillaba en la oscuridad. Así como asesiné al pintor, asesinaría el trabajo del pintor. Y así todo terminaría. Luego estaría libre y en paz”.
B - ¿”Destruiste el retrato”?
D – “Si. Pero no quise detenerme y decidido a terminar con todo, hundí el cuchillo en mi corazón. Por fin llegó el final. Luego, lo de siempre. Los criados, que escucharon mi agónico grito y el ruido de mi cuerpo al caer sobre el piso del cuarto, se acercaron a la puerta del mismo, forzaron su cerradura y me encontraron tirado sobre la celeste alfombra que comenzaba a teñirse de rojo bajo mi espalda. No me reconocieron de inmediato. Mi rostro tenía una repulsiva apariencia mientras se marchitaba bajo una red de arrugas que iban apareciendo poco a poco. Sólo mi gabán negro y mi anillo de sello, que siempre llevaba en mi anular derecho, les dio la certeza de que era yo quien yacía al pie del retrato rasgado.
B – “¿Y desde entonces tu espíritu doliente vagó por el espacio sideral hasta que casualmente nos encontramos? Somos dos almas en pena que quizá ya hayamos pagado nuestros pecados y por eso Dios nos ha dado la dicha de hallarnos y estar en paz con nosotros mismos”.
“ ¿ Y tu retrato, qué se hizo de él”?
D – “No sé que ha sido de mi retrato. Lo que sé es que mientras yo me cubría de arrugas, mi rostro, en su retrato, recuperó su maravillosa exquisita juventud y belleza”.
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