domingo, 19 de septiembre de 2010

Historia de una Maestra Marplatense: la Señorita Edith

HISTORIA DE UNA MAESTRA
La Señorita Edith



La primera en llegar y la última en irse
Prólogo


La historia es una materia que esta absolutamente relacionada con hombres y nombres que han marcado épocas y lugares y han guiado generación tras generación, convirtiéndose ellos mismos en ejemplos a seguir. Sería una absoluta falta de respeto rayana en la más absoluta ignorancia hablar de la historia de Italia sin señalar a Garibaldi, el padre de la independencia de la “Bota Europea”, de Inglaterra sin mencionar a Enrique VII, padre del obeso Enrique VIII y vencedor del jorobado Ricardo III o de hablar de nuestra propia historia sin invitar a Don José de San Martín ó a Don Manuel Belgrano. Ya desde nuestra escuela primaria, la “máximas Sanmartinianas” nos son enseñadas como camino de lo correcto.


Y son precisamente estás máximas las que me ubican justamente en el camino de este prólogo. El lugar donde año tras año y generación tras generación son presentadas, explicadas y repasadas una y otra vez se da en las aulas de los colegios, ya privados, ya estatales. Las personas encargadas de llevar a cabo tan importante trabajo son justamente las docentes; si las docentes, pero permítame llamarlas como lo hice durante siete años de mi vida: “las señoritas”. A nadie le importaba si sus estados maritales les daban este status de señoritas o si eran señoras. A ningún alumno le interesaba los apellidos, ellas eran solamente “la señorita Mercedes, la señorita Edith, o....... no por favor estimado lector, complételo como su corazón mejor se lo dicte, yo se lo dejo como LA SEÑORITA........... .



Ud. me dirá con justa razón que tienen que ver Garibaldi o San Martín con las maestras. Tienen mucho que ver. Permítame usar como ejemplo a dos de nuestros patriotas y luego extiéndalo a cualquier persona y a cualquier fecha que Ud. desee. Si bien el general Don José de San Martín libertó a la Argentina, Chile y Perú y el doctor Manuel Belgrano creó la bandera patria (concédame el permiso de usar estas licencias escolares para poder presentarle mi punto de vista), ha sido el trabajo educador de las “señoritas” las que nos acercó a esas hazañas y moldeó nuestra identidad Argentina. Esta lección educadora siempre se ha dado tanto en forma directa como indirecta; ya que estas “patriotas” nos instruyeron en las aulas como su tarea principal y plantaron en nosotros esa semilla de la curiosidad de proseguir nuestros estudios. Esas maestras, esas “señoritas” también llegaron a nosotros a través de nuestras familias, pues esa fundamental “raza” de orgulloso blanco delantal también instruyó a nuestros padres, a nuestros abuelos. Este compartir de conocimiento se dio aquí, en la Argentina, como en mucho otros países del mundo, ya que siendo el nuestro un país de “inmigrantes”, muchos de ellos – niños o adolescentes – vinieron con una instrucción recibida en sus países de origen por las “señoritas” italianas, españolas, polacas, etc., etc. Las docentes no tienen nacionalidad, tienen corazón y vocación.
Ve ahora, mi amigo, como las “señoritas” que siempre han recibido niños y niñas de las más diversas familias, y les han devuelto jóvenes preparados para seguir su educación en el secundario y completarla en la universidad, donde un objetivo de profesionalidad marca, no el fin sino el objetivo primordial de ese largo viaje que nos lleva a ser personas honorables y profesionales respetables, son tan importantes como los héroes nacionales. La labor de estas docentes marca la historia de un país, muestra el presente del mismo, genera las semillas de un futuro que todavía no ha nacido y se proyecta mucho más pues multiplica ese conocimiento por millones.

Se dice que como muestra basta un botón, y mi caso puede ser el ejemplo que multiplicado por miles da una idea cabal del real valor de las docentes. En mi caso, fue la guía de muchas de mis maestras en la escuela primaria “Instituto General Pueyrredon”, en especial mi maestra de primer grado, la señorita Mercedes, quién fue la que dejó en mí la más profunda huella. Su labor fue complementada por los y las docentes que me tuvieron por alumno en la hoy ex Escuela Nacional de Educación Técnica Nº1 Domingo F.Sarmiento. Todo este peregrinaje por los recovecos del conocimiento tendría su Meca en el Título de Profesor de Inglés que obtuve en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Por supuesto, esta peregrinación nunca hubiese sido posible sin tener como guía a mis padres, quienes fueron los portadores de ese conocimiento adquirido de otros docentes y quienes, reflejando todo el entusiasmo de maestros a quienes no tuve el gusto de conocer por distancia, tiempo ó circunstancias de la vida, me inculcaron el gusto por el aprendizaje, el amor por los libros, una insaciable curiosidad por la investigación y el agrado por volcar mis conocimientos en noveles educandos. Es por todo esto que el ciclo ha sido completado colocándome, tal vez, en la misma posición a quienes este trabajo rinde su homenaje, frente a alumnos de diversas edades transmitiéndoles todo eso que he recibido.
Como verá, mi amigo, los y las docentes son verdaderos héroes nacionales. Su alcance e influencia es absolutamente ilimitado, y la libertad intelectual que nos ayudan a declarar nos hacen libres e independientes, sin importar las condiciones sociales en que nos podamos encontrar. Por eso, si en algún momento Ud. y estas líneas se cruzan, por favor cierre los ojos y recuerde con todo cariño a todos esos maestros, dentro y fuera del aula, que hicieron que seamos un poco mejores para nosotros, para nuestras familias y para toda la sociedad en general. Voy a resumir en este homenaje parafraseando a Don Carlos Di Fulvio en su Canto Monumento cuando el dice “Este trabajo quiere elevar un monumento de gratitud”… a la maestra Edith Viglienzone, en nombre de todos los docentes, a quién tuve y tengo la fortuna de conocer ya nonagenaria, de blancos cabellos y dificultad en sus movimientos, pero con una lucidez y memoria cristalina sobre aquellos tiempos donde orgullosa posaba juntos a sus alumnos en fotos en blanco y negro. En una de ellas, entre esas alumnas se encuentra mi madre, quién mantuvo una relación personal y epistolar con la señorita Viglienzone por más de medio siglo. Por todo esto, para la señorita Viglienzone, maestra 5to. grado de Sara Garfinkel, para la señorita Mercedes, maestra de 1er. grado de Edgardo Samuel Berg y para todas las maestras, quiero finalizar este prólogo diciéndoles como lo hacia en la primaria

¡PRESENTE SEÑORITA!.



Edgardo Samuel Berg
Mar del Plata, 2005


Breve reseña histórica del comienzo de la comunidad educativa en nuestra zona.

En 1860 el Gob. Gral Bartolomé Mitre y su ministro de gobierno D. Domingo Faustino Sarmiento dictaron el decreto por el cuál se creaba una escuela en el vasto. partido de MAR CHIQUITA.
Se desconocen las causas que impidieron la creación de la mencionada escuela.
El 18 de julio de 1865, el vasto partido de Mar Chiquita fue dividido en dos secciones, creándose el Partido de Balcarce el cual comprendía el actual territorio de Gral. Pueyrredon.
En aquella época, el único centro de población en todo el Partido de Balcarce, era el Puerto de la Laguna de los Padres, hoy Mar del Plata.
Cuatro años después (1869) el Sr. Juez de Paz y Presidente de la Municipalidad, D. Florisbelo Acosta, presentó el plano del que debía ser el primer centro educacional del partido de Balcarce. Esta escuela seria conocida como Asilo Rural San José. El 30 de octubre de 1870 se aceptó una propuesta de D. Patricio Peralta Ramos, quien donaba al municipio un área de terreno para la escuela proyectada. Ésta se ubicaría en la mitad de la manzana 46 situada entre las actuales calles Hipólito Irigoyen, 3 de Febrero , Mitre y 11 de Septiembre. La piedra fundamental del asilo fue colocada el día 27 de diciembre de 1870. La tradición conservó este detalle: donde fue instalado el edificio que alojaría al Asilo Rural San José, habla sido anteriormente el chiquero durante los tiempos del Saladero de Coelho de Meyrelles.
El asilo rural se terminó de construir el 16 de julio de 1871 y el 21 de abril de 1872 se aprobó oficialmente la admisión de los alumnos a dicha institución escolar.

El reglamento de la Escuela Gratuita de Varones denominada “Asilo Rural San José” consta de 8 puntos. No es nuestro deseo citar textualmente los mismos, pero consideramos que sería de interés señalar algunas especificaciones tales como la edad mínima de admisión de los futuros alumnos: “Serán admitidos en el establecimiento para la debida instrucción, todos los niños varones del partido de Balcarce, desde la edad de siete años cumplidos.” Teniendo en cuenta las largas distancias a recorrer por los alumnos, éstos “serán internos y para su admisión en el establecimiento, el Municipal de Instrucción Pública extenderá el correspondiente certificado”. Luego se establecía que los gastos para el sostenimiento de la escuela serían costeados por la Municipalidad del Partido de Balcarce, aunque “con el sólo objeto de contribuir en parte y por ahora al pago de los gastos de alimentación que el establecimiento debe proporcionar, las personas que tengan educando sus niños en él, pagarán una mensualidad de ochenta pesos moneda corriente”.... si bien “ Se exceptúan de esa mensualidad, los huérfanos y menores, que existen bajo tutela o adopción de cualquier persona del partido”. Y como cumpliendo con la idea de Domingo Faustino Sarmiento de universalizar la educación en nuestro país, el artículo 7º del reglamento en cuestión rezaba: “Los niños de familias de partidos vecinos, donde carezcan de escuelas serán admitidos en el establecimiento bajo las mismas condiciones que los de este vecindario”.
Un año después de la inauguración de la escuela, el presidente de la municipalidad, D. Pedro Bouchez comenta: "que siendo insuficiente la punta de ovejas donadas por el vecindario para el sostenimiento de los niños y personal de la escuela “Asilo Rural San José' , pide se considere la necesidad que existe en comprar de rentas municipales, más, hasta obtener el número que se considere para que de capones en suplir las necesidades del consumo de dicha escuela. Que dado el mal estado en que se encuentra el edificio, propone practicarle las reparaciones necesarias". Las refacciones se debían a que el techo del establecimiento era demasiado pesado para las paredes construidas con mezcla de barro.
El día 2 de febrero de 1874 (8 días antes de la fundación oficial de Mar del Plata) D. Andrés Mac Gaul y D. Jacinto Peralta Ratnos, junto con D. Florisbelo Acosta y D. Benjamín Cueto formaron la comisión inicial que tomó el primer examen en el actual territorio de la ciudad de Mar del Plata, el que había tenido un brillante resultado.
El 10 de febrero de 1874 se funda el pueblo de Mar del Plata en el lugar que existía la población conocida por el Puerto de la Laguna de los Padres.
La condición estructural del edificio, reflejada por un informe llevado a cabo por "maestros albañiles", no ofrecía "las precisas seguridades para resistir los efectos de la lluvia y vientos del invierno". Por lo tanto se alquiló a un costo de $ 1.000 mensuales la casa de D. Jacinto Peralta Ramos para ser usada como colegio y asilo.
Después de la fundación de Mar del Plata, se le encarga al agrimensor Carlos Chapeaurouge que trace el pueblo. Chapeaurouge toma la iglesia de Santa Cecilia como referente y comienza la traza de Mar del Plata. Esto obliga a la reedificación del asilo, que había quedado completamente fuera de la línea de calle. No sólo el Asilo Rural San José debe ser reedificado sino que en el año 1875 la Ley de Educación Común dispone el cambio de su denominación por la de Escuela Común Nº 1 de Varones. La escuela sigue amenazada por problemas tanto internos como externos, es así que una sequía que asoló la región obligó a un éxodo familiar lo que produjo una escasa inscripción de alumnos Fue por eso que la escuela casi es clausurado en 1876.
Después de la constitución del Consejo Escolar del Distrito de Balcarce en el año 1878, el inspector D. Juan Orué aconseja levantar un edificio - la Escuela Nº 1 del Puerto - que responda "a las más exigentes necesidades de su escasa población y concurrencia, economizando así los $ 1.000 moneda corriente mensuales, que por la escuela se pagan de alquiler”. Además D. Orué sugirió el reciclado de materiales que correspondían al asilo.
El 15 de octubre de 1879 se dividió el Partido de Balcarce, creándose a sus expensas el Partido de General Pueyrredon (Mar del Plata), que comprendía su extensión actual más el territorio que hoy forma el Partido de General Alvarado.

Para 1882 el estado del edificio seguía siendo tan deficitario que obliga al alquiler del edificio emplazado en la manzana 65 (Av. Luro y San Luis). Seis años después, la escuela ocupará una sección del primer edificio fiscal (manzana 52), lugar en el cual sigue en pie hasta hoy en día.
En la traza original de la ciudad de Mar del Plata, el Barrio del Oeste (nombre extraoficial usado por los vecinos) era el barrio limitado por las actuales calles Bolívar, Catamarca, Alvarado y Funes.
Es en este barrio donde desde el año 1899 sentó sus reales la escuela Nº 6. La escuela Nº 6, en sus más de cien años de vida, ha cobijado a muchos maestros y maestras que dejaron sus huellas en generaciones y generaciones de niños y niñas marplatenses. Y es en esta escuela donde la maestra, Srta. Edith Juana Viglienzoni, a quien dedicamos esta humilde reseña histórica, ejerció y culminó su carrera docente, digna de todo elogio y reconocimiento.





Esta escuela se inaugura el 17 de abril de 1886 bajo la presidencia de D. César Gascón, en el campo conocido como "La Loma ", propiedad de D. Antonio de la Llosa.
En 1899 se trasladó a la esquina de la Avenida Independencia y Falucho, en la manzana donde hoy se encuentra el Colegio San Vicente. 25 años después se muda al edificio de Almirante Brown esquina La Rioja y en 1949 pasa a su presente locación: Mitre esquina Gascón. Su primera directora fue la Sra. Joaquina Acevedo en el año 1885.

Revolviendo amarillentos papeles observo antiguas fotos. Son casi todas, por no decir todas, fotos de grupos escolares, de niños y niñas, tomadas en las décadas de 1940 y 1950. En una de ellas, tomada en 1950 – “Año del Libertador General San Martín” - me hallo yo. Estoy rodeada de mis compañeras y de “mi” maestra, “nuestra” maestra de 5º grado C.

Tengo buena memoria, muy buena memoria y recuerdo los nombres y apellidos de casi todas las chicas que están sonriendo – como yo - a la cámara fotográfica. De cualquier manera doy vuelta la foto y encuentro allí los nombres de todas mis compañeras, nombres que corroboran los datos que guardaba mi retentiva y añado aquellos que se habían ido de ella. Luego me miro al espejo y me veo como soy hoy, 54 años después, y reconozco en esta imagen de mujer madura, delgada, que esboza una sonrisa a esa niña de 10 años, rolliza, jovial y sonriente. Es que a través de tantos años y de tantas circunstancias vividas durante las sumas y restas de la vida, esta mujer que soy y esa niña que fui conservamos nuestra identidad en una expresión que reconocemos como propia y que nos enorgullece haber nacido con ella y haberla conservado desde la infancia hasta la madurez : nuestra mirada.
Ver es una acción relacionada con los sentidos; mirar es una acción referida a las ideas, la imaginación, los sentimientos y la fe. La vista representa un atributo y una función física; la mirada es casi una confidencia del espíritu. Mientras los ojos ven la mano hace; mientras el alma mira la mente piensa y el corazón siente. De la mirada de esa niña que me sonríe desde la foto se percibe sus sentimientos y su fuerza latente que se irá desarrollando lentamente en todos los más y los menos que la vida le presentará. De la mirada que refleja la imagen que me devuelve el espejo, quizá la presbicia ha triunfado sobre el brillo de la juventud pero la esencia de la mirada se conserva intacta, pura, no se cuela ni suspicaz ni resentida entre las puntillas de los párpados. No hay entrecejo fruncido ni boca con arrugas. La explicación de esta imagen casi tersa del rostro de una señora sesentona no está en el quirófano de ningún cirujano plástico ni en una serie de inyecciones de Botox, sino en el caudal de ternura que recibí de todos mis maestros y maestras de la escuela primaria. Esa ternura es una virtud que las madres hacen sentir a sus hijos. Por eso la idea de que las maestras son nuestras segundas madres. Pero no queda ahí la entrega de esas “segundas madres”. Ellas también me han enseñado a trabajar con mi mente y me han animado con sus ejemplos decididos y rectos a la lucha que me esperaría, la que debería enfrentar sin desmayos, con fe en mí misma y en la sociedad a la que pertenezco. Me hicieron entender que sería una persona de bien cuando pensase, cuando sintiese, cuando creyese y cuando obrase en consecuencia.

Mi maestro de 2º grado: Señor Osiris J. Bozzano

Era el primer día de clase y una expectativa debía haber estado presente en todos mis actos de ese día. Era algo nuevo. No me refiero el asistir a clase sino al pensar que debía compartir un tiempo - yo no sabía calcular muy bien cuanto tiempo eran los nueve meses del ciclo lectivo de aquel año 1947 - con una nueva maestra. Ya no sería nuestra maestra la señorita de Primero, rubia, simpática, algo chiquilina, que se reía tanto con nosotros que casi parecía una compañera más. Además ella tenía a su favor ser la mamá de un compañerito nuestro al que llamábamos Banana y esa situación la hacía aún más compinche de nosotros. Por lo menos así lo sentíamos.
Mi papá y mi mamá me llevaron ese primer día a la Escuela. Había mucha gente y entramos casi a empellones. El patio estaba lleno de papás y mamás; abuelos y abuelas; maestras y maestros. El bullicio era enorme y volver a encontrar a los compañeritos del año anterior me llenaba de gozo. Además retornar a esos sitios conocidos, el patio, la dirección, las puertas que se abrían al patio y que cada una de ellas era la entrada a un aula me dieron una sensación de pertenencia que me hizo muy bien. Los más chicos se aferraban a sus papás y no querían dejarlos por nada del mundo. Al final se hizo un silencio y yo desde mi escasa altura pude ver el mástil y una cinta celeste y blanca que era el anuncio de la llegada del abanderado y sus escoltas. Y luego, el silencio que imponía la autoridad del Director de la Escuela. Un maestro insigne. D. Juan Néstor Guerra. ¡Un lujo de educador y un lujo de persona!

Sr. Guerra dirigiendo unas palabras con motivo de fecha patria. Plaza Mitre. Mar del Plata.



Después de la usual ceremonia de bienvenida los maestros comenzaron a llamar a sus alumnos. Y ahí sentí un aguijón en mi tierno corazoncito. Yo me había ilusionado con ser alumna de la señorita Maria – nunca supe su apellido. Era española, muy dulce y a mí se me hacía que era casi una abuelita.

Siempre iba vestida de oscuro debajo del albo delantal. Su cara era pequeña y sin afeites. Los cabellos recogidos en un rodete. A pesar de su suavidad (¿habrá sido tímida?), de su voz, que era muy tenue y parecía que estaba orando, y de su ausencia de gritos, los chicos siempre le obedecían y el orden imperaba en su aula.
Pero no, no fue así. A mi me tocó el maestro Osiris J. Bozzano! Un maestro.... ¡Dios mío!
Y mi papá se había ¡¡¡ido!!! Traté de amucharme con mis compañeritos y bueno.... quizá esa sería mi primera experiencia a afrontar. Ya e presentaría más tarde mis quejas a mis papás. Segunda desilusión. Cuando comenté en casa, entre sorbo de café con leche y mordisco de pan con manteca con sal, mi situación de alumna del Sr. Bozzano, mis padres se mostraron tan contentos que ni siquiera me atreví a pedirle a mi mamá que me volviera a colar la leche que, mientras yo contaba de mis penurias, se había enfriado y una capa de nata cubría la superficie el amarronado líquido.


Al día siguiente, ya sentada en el primer banco porque era “portadora” de lentes, comencé a buscar en el maestro algunas de las virtudes que mis papás decían adornaban a su persona. Físicamente era alto, morocho, dulce, ahora me doy cuenta que era muy elegante en su vestir, nos hablaba con dulzura. Su voz era lenta y agradable. A lo mejor no era tan terrible ser su alumna! Y no lo fue. En verdad, fue un regalo de la vida tener como maestro de segundo grado a D. Osiris J. Bozzano. Con él aprendí tantas cosas cuando sólo tenía 8 años de edad que ahora, al rememorarlas para dejarlas escritas en este pequeño homenaje a mis maestros de la escuela primaria, me parecen imposibles. Con el Sr. Bozzano aprendí a leer y a entender (desde una versión infantil, por supuesto) el Martín Fierro y a reírme con los consejos del Viejo Vizcacha. Esto que parece arrancado de un cuento de ciencia ficción para los alumnos de los niveles primarios del siglo XXI, fue en mí tan positivo que me acercó a mi papá en cuanto a la lectura y costumbres del ser argentino. Sí, aprendí a sumar, a restar, a escribir, pero también aprendí a amar y sentir mi nacionalidad. Y si este sentimiento se fija en una persona a tan tierna edad, esta persona lo llevará consigo el resto de su vida y le dará el justo valor tanto a su país como a la importancia de pertenecer al mismo. Como dijo Carlos DiFulvio en su monumental obra “La Conquista del Desierto” .... “ uno no puede renegar de las tetas que lo alimentaron”.

Mi maestra de 3º: Sra. De Roediger

Cuando se acercaban las vacaciones del verano 1947/48 ya el calor nos hacía soñar con la playa, los helados Laponia, el Royal Skating y las vueltas en bicicleta en la Plaza Mitre. Qué esfuerzo teníamos que hacer para ponernos a estudiar y hacer los deberes! ¡Pobre maestro de 2º grado! Cómo deber haberse armado de paciencia para animar a los agobiados párvulos que formábamos su brigada estudiantil! Pero en la vida todo llega.... y todo se va. Y así llegaron y se fueron las vacaciones de ese verano un día después de yo festejar mi noveno cumpleaños. Siempre empezaban las clases el 1º de marzo siendo mi cumpleaños ¡el 28 de febrero!
El 1º de marzo de 1948 entré al aula de 3º con más ganas de ir a jugar que ponerme a estudiar. Sentía un poco de tristeza y rabia por tener que estar encerrada entre las paredes del aula aún cuando el sol veraniego seguía reinando en el cielo marplatense. La maestra que nos recibió era alguien quien, sin yo saberlo, me iba a dar felicidad pues me enseñaría a complementar mi gusto por la lectura, descubierto gracias al Sr. Bozzano, con mi facilidad para poner en negro sobre blanco todas las operaciones de mi razón, que no es otra cosa que el pensar. Esta maestra no era muy joven – de acuerdo a lo que una niña de 9 años podía juzgar. A esa temprana edad yo sólo podía atribuir a las personas sus maneras lógicas de ser. Mi mamá era mi mamá, mi maestra era mi maestra y ambas eran señoras y las señoras no eran jóvenes. ¿Se entiende mi lógica infantil? De cualquier manera, yo simpaticé con ella de inmediato y me sentía muy bien en el aula, me gustaba el libro de lectura que teníamos: Girasoles, me gustaba sumar y restar y descubrí que disfrutaba escribiendo. No recuerdo cuándo lo hice pero sí recuerdo que teníamos como deber que escribir una composición sobre... vaya uno a saber después de tanto tiempo y de tantas composiciones hechas cual fue el tema de esa primera. Seguramente no era sobre “La Vaca”. En fin, sólo recuerdo que estuve un rato largo, muy largo mirando los renglones de la hoja del cuaderno sin saber que escribir. Mi mamá no era muy amiga de ayudarme en mis tareas escolares. Decía que su mejor ayuda era no ayudarme. Que con el tiempo me iba a dar cuenta de que ella no era “mala” como yo le decía. No pasaron muchos años antes que yo aceptara que mi mamá tenía mucha razón. No sólo en eso, sino en muchas otras cosas.
Bueno, lo cierto es que después de pensar mucho.... algo escribí. Qué escribí, cuánto escribí.... no lo sé, no lo recuerdo. Pero lo que si recuerdo es que cuando la Señorita nos devolvió los cuadernos con la composición corregida, me llamó al frente y me dijo, delante de mis compañeros, que la composición estaba muy bien escrita y que siguiera escribiendo tan bonito!!! Después de algunas otras composiciones un día me llamó y me dijo que si seguía así con el tiempo me convertiría en una mezcla de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Bueno, este presente mío demuestra que la Sra. De Roediger no era una pitonisa... era sólo una gran maestra! No me convertí en ni en Gabriela de Ibarbouru ni en Juana Mistral, como es obvio, pero su predicción marcó mi futuro: yo era una niña más bien tímida, así que ese elogio no sólo me llenó de gozo sino que abrió en mi alma un deseo de pensar y de volcar todo ese pensamiento sobre el papel. Por supuesto esto que escribo en este momento está acorde a mi edad e intelecto. A los nueve años yo habré escrito a tontas y locas y debí haber redactado horrores pero fue el comienzo de la puesta en movimiento de mi espíritu, la génesis de mi capacidad de idear, la justificación de mi inteligencia. Y así fue como en 2º grado aprendí a leer y en 3º aprendí a escribir , en 5º aprendí a ser generosa, humilde, prolija, agradecida, y en 6º aprendí a juntar todos esos conocimientos para forjar mi personalidad joven sin adolecer durante los años que van del paso de ser niño a joven.

Mi maestra de 4º grado: Señora de Frontini
Era joven de cara sonrosada y muy, muy elegante. A mitad de año se retiró con licencia pues estaba esperando un bebé. Son muy pocos los recuerdos que guardo de ella. Tampoco tengo muy presente a la maestra suplente. Quizá se debió a un problema de locación. Ese año nos mudamos. Dejamos la vieja escuela que estaba sita en la esquina .....de la intersección de las calles Almirante Brown y La Rioja y pasamos a un edificio enorme, muy moderno en las calles Mitre y Gazcón. Esta es precisamente la actual ubicación de la escuela. Quizá eso influyó en mi espíritu y por eso no recuerdo muy bien ese 4º grado. Ya no nos llamaba la campana a los recreos, ahora había un timbre, las aulas eran grandes, el patio enorme, la sala de actos inmensa. En la dirección ya no estaba el Señor Guerra. El viejo maestro se había jubilado, la dirección ya no era ejercida por ese maestro prolijo, severo pero de dulce gestos, a quien sentía casi como un papá. No digo padre que es una palabra que me suena más austera, menos cariñosa. Prefiero decir papá. Al menos ese era mi sentimiento hacia el Señor Guerra.
Teníamos un nuevo director, el Señor Miguel Calabrese.
Era distinto tanto en su físico como en su trato. Era un buen maestro, un hombre honrado quien había sido maestro rural. Tenía las manos gruesas, una calva incipiente. Sus movimientos no eran bruscos. Quizá no tan atildado como el señor Guerra pero siempre era atento, de talante parejo y meticuloso. Con los años me enteré que era poeta. Pero yo era muy niña para darme cuenta que lo esencial, como dijo El Principito, es invisible a los ojos.


Extrañaba al Señor Guerra. Para colmo teníamos “Páginas Argentinas” como libro de lectura. Lo menciono pues ese libro fue escrito por Juan Néstor Guerra. El duende de la escuela se había quedado en la antigua casona y con él mi placer de estar en la escuela. Me gustaba estudiar pero algo ensombrecía mi ánimo, era como una voz interior que me decía que ese mágico estuche que me había acogido durante tres años – desde los 7 a los 9 – ya no abrigaría más mis juegos durante los recreos y quizás las maestras no serían tan dulces como antes. ¿Por qué ese sentimiento? No sé, quizá porque fui inmensamente feliz desde los 7 a los 9 años con mis maestra de 1º, con el Sr. Bozzano de 2º y con la Señora de Roediger, mi maestra de 3º.

Mi maestra de 5º grado: Srta. Edith J. Viglienzoni

Obra en mi poder un documento único. Su valor es incalculable porque es moral, es intrínsico, es humano; porque es una muestra de valor de pensamiento, de conciencia y de conducta; porque existe en su esencia, en su espíritu, en su verdad. Por eso ya no he de hablar del valor de este documento sino de su valer y de la valía de la persona que ha originado el mismo.
Un sabio, un santo, un héroe, UNA MAESTRA tienen valer y tienen valía. El valer es mérito, la valía es reputación. La sociedad nos concede la valía, el Cielo (llamémosle Providencia), nos da el valer.
Cuando valer y valía se juntan en una sola persona aparece en nosotros un sentimiento que sólo podemos definir con la palabra estima. ¿Qué es sentir estima por alguien? Es sentir aprecio, afecto, consideración, agradecimiento por ser como es.
Y esto es lo que siento por la señorita Edith Juana Viglienzoni, mi maestra de 5º grado C en el año 1950 – “Año del Libertador General San Martín”.
Maestra de raza, ser humano querible, admirable. Soberbia en su modestia. Generosa en demasía. Dedicó toda su vida a sus alumnos. Creo que siempre tuvo confianza en ellos. Y ahora cuando cansada del tanto trajinar se ha sentado para descansar y volver la vista atrás y ver la ruta recorrida es que he decidido dedicarle estos humildes renglones como un pequeño reconocimiento al amor y a la educación que recibí de ella cuando era una niña y que me ha formado como persona.

Pero me he ido por las ramas y debo volver al tronco de este trabajo. Decía que obra en mi poder un documento único al que le reconozco su valor. Es el Registro de Instrucciones y Observaciones, Escuela Nº 6, Distrito de General Pueyrredon desde el año 1942 al año 1954, de la Señorita Edith Juana Viglienzoni, modelo de maestra honorable que durante doce años trabajó por y para la educación de los niños marplatenses. De la lectura de este registro encuentro copia de un informe elevado a la Inspección General el 25 de octubre de 1938 por la Inspectora Seccional Sra. Felisa V. Ochoa. Este informe es el primero de una serie de ellos que conforman una foja brillante de servicios que valoran el cumplimiento preciso de su deber de docente durante el transcurso de su carrera.
Hojeando el registro - que tan gentilmente me prestara para este trabajo la Sra. Estela Musolino – sólo encuentro informes avalados por Inspectores Seccionales e instrucciones firmadas por Directores o Vice directores que se suceden los unos a las otras dando fe de toda su labor educadora a lo largo de dos décadas y media de trabajo de una maestra que no ha conocido ni fatigas ni desmayos durante 25 años.
Durante 25 años en que sólo fue maestra de grado. ¿Sólo fue maestra de grado? ¿Hay algo más grande que ser maestra de grado?... Yo no soy maestra de grado pero he sido alumna y por eso hoy, que soy docente daría cualquier cosa por ocupar – como siempre por mi problema visual - el primer banco frente al pizarrón para recibir las clases de todos y cada uno de mis maestros de grado como hace 50 años.

Volviendo al primer informe que aparece en el Registro ya mencionado, de fecha 25 de octubre de 1938, el mismo deja constancia que la Señorita Edith Viglienzoni, cuyo título es Maestra Normal, ocupa el cargo de Maestra por veinticinco años, desde el 28 de julio de 1930 hasta la fecha de su merecida jubilación a finales del ciclo lectivo de 1955. No es mi idea fatigar al lector con la transcripción de este o de algunos de los informes que completan su legajo profesional. Por lo tanto he de destacar lo que considero puede ser valioso para formar el marco del cuadro que he de pintar usando como pinceles mis sentimientos y tomando de la paleta los colores dados por el sentido moral, espiritual e intelectual de mi Señorita Edith.

Así en el informe firmado por la Sra. Felisa V. Ochoa, Inspectora Seccional (28-10-1938), el Concepto sobre la docente Edith Juana Viglienzoni es Sobresaliente y la Apreciación Sintética de la misma es valorada en Diez Puntos. Cuatro años más tarde ya las instrucciones son firmadas por el Señor D. Juan Néstor Guerra, Director de la Escuela Común Nº 6 Bartolomé Mitre del Partido de General Pueyrredon. En 1942 la Srta Edith es maestra de 3º Grado Sección C. Al año siguiente ya es maestra de 5º Grado Sección C. El informe de ese año, firmado por el Inspector Seccional de Escuelas Señor Aníbal G. Busto (21-10-1943) nos presenta la siguiente PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
referente a la Docente Edith Juana Viglienzoni: Grado 5º C.- Turno: de mañana.-
PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
DOCENTE: EDITH JUANA VIGLIENZONI GRADO : 5to C
TURNO: Mañana
Alumnos inscriptos: 33
Inasistencias en un año: 2
Ilustración Profesional: 9
Espiritu Profesional: 10
Habilidad Docente: 10
Trabajos en el aula: 10
Resultado de la enseñanza: 10
Aptitudes directivas: 10
Condiciones Personales: 10
Apreciación Sintáctica: 10


A este informe le siguen – desde 23/05/1944 al 30/05/1948 - 13 notificaciones, doce de ellas firmadas por el Señor Director Juan Néstor Guerra y una con la firma del Vice Director Señor Oubiña.

Todos son elogios para la maestra de grado. Elogios que se refirman en el Informe que el Inspector Jefe de Zona Señor Mario L. Mojer firma con fecha 29 de julio de 1948, donde leemos “....... su experiencia y alto concepto del deber se pone al servicio de la escuela rindiendo en la medida propuesta. Por ello y, felicitándola le asigno el máximo puntaje con que se valora la maestra de sus condiciones: DIEZ PUNTOS (10)”.
Ya, a partir del año 1949, no aparece más la firma de D. Juan Néstor Guerra. El viejo maestro se había jubilado. Las instrucciones eran firmadas por el nuevo Director D. Miguel Calabrese ó por el Vice Director Sr. Oubiña. Es así como a partir del 28 de junio de 1949 cambia la letra en los informes que figuran en el registro. Pero no cambia el contenido de las mismas. Siempre está presente la recurrente palabra: excelente, excelente, excelente.... Concepto que se repite desde junio de 1949 hasta octubre de 1954 en no menos de 16 notificaciones. En ese año, 1954, la Srta. Edith ya no es maestra de 5º grado; ahora sus alumnos son más pequeños, cursan el 1º Superior. En la foto se la ve rodeada de 19 pequeños, todos varoncitos muy elegantes en sus guardapolvos blancos, prolijos en sus cabellos y seriecitos en sus expresiones

Me exime de cualquier acotación a esta nueva situación el informe del 21 de octubre de 1954 firmado por el Director de la Escuela Nº 6, D. Miguel Calabrese, parte del cual transcribo a continuación.
“....La exposición oral del niño, muy por encima del nivel que marca el grado y la edad...” “....Con recursos pedagógicos muy bien utilizados, aprovecha la señorita maestra la actividad natural del niño y su afán de saber. El estado excelente del grado, revelado por el aprovechamiento la hace merecedora de mis felicitaciones y destaco que es nueva en el grado, ya que durante varios años estuvo a cargo de 5º grado, evidenciando siempre sus dotes de maestra excelente.”

Es una buena política bautizar cada aula con el nombre de algunos de nuestros próceres o prohombres de la historia de nuestro país. Nuestra aula, la de 5º C, estaba bajo el patronazgo de “el ilustre educador” D. Domingo Faustino Sarmiento. ¿Coincidencia del destino? Una gran maestra dictaba sus clases en un aula patrocinada por un gran maestro. De ahí que anualmente la Señorita Edith organizaba una fiesta en homenaje al jefe espiritual del grado. Se decía en los pasillos de la escuela que cada año la Señorita Edith se superaba en su organización. Realmente no era – y no lo será nunca – tarea fácil manejar situaciones en las que el protagonista sea ese viejo cascarrabias y colérico aunque lúcido e inteligente que era Domingo Faustino Sarmiento. Pero ella siempre encontraba motivos para ensalzar – y con justicia – su figura: reconocer que hoy tenemos instrucción y que muchos de nosotros hemos ido a una escuela pública; que en 1880 – 120 años antes de la Web - Argentina era uno de los países con una de las más extensas redes telegráficas del mundo que comunicaba a la Capital del país con los parajes más lejanos a ella; que el progreso era una obsesión para él, etc. etc.

No es de extrañar los elogios con los que la dirección de la escuela premiaba a la maestra y a sus alumnos. Transcribo un fragmento de una de las tantas notificaciones de la dirección: “Es evidente y digno del más cálido elogio el esfuerzo y la preocupación constante de la Srta. Edith Viglienzoni, cuyas condiciones docentes he visto confirmadas una vez más. Esta sencilla pero emotiva fiesta habla con elocuencia de sus afanes y consagración a la enseñanza, siéndome altamente grato felicitarla así como a todas sus alumnas”. Fdo. Juan Néstor Guerra

También es lindo recordar los Concursos de Lectura que ella organizaba, las tareas dedicadas a la correspondencia inter-escolar, la formación de una biblioteca del aula, actividades estéticas, los festejos ante cada fecha trascendental para nuestra patria, etc., etc.


Y luego, después de varios años dedicados a la actividad docente la Señorita Edith se acogió a los beneficios de la jubilación. Esta le fue otorgada en el año 1955. Estaba en la plenitud de su vida y de su intelecto. Pero la ley es la ley y ya los niños no tendrían la suerte de ser guiados por esta maestra tan maestra. La comunidad educativa lamentaría su retiro.

Mi maestro de 6º grado: Señor Emiliano Martínez
Ya estábamos en 6º. Ya éramos los más grandes de la escuela. Yo ya era señorita. En el año 1951 aún las “señoritas” jugaban con muñecas! Las cosas no eran iguales por que nosotros no éramos los mismos. Y esta vez fue otro maestro, el Señor Emiliano Martínez. Qué decir del Señor Martínez sino elogios, sólo elogios. En una edad que comenzaba a ser difícil supo abrir e iluminar mi inteligencia adolescente. En lo personal educó mi intelecto y lo preparó para el salto que en meses debía producirse: de la escuela primaria al colegio secundario. Él me preparó para rendir mi examen de ingreso al Colegio Nacional Mariano Moreno - otra página imborrable en mis recuerdos de estudiante. Con orgullo digo que obtuve el tercer puesto en la grilla de ingreso. Eso hoy no significa nada para los jóvenes del siglo XXI, pero si para mí que soy una joven del siglo XX. Espero que algún lector comparta este sentimiento.

Recuerdo que el Sr. Martínez y yo trabajamos sobre la Guía del Ingreso de los Profesores Braña de Iacobbucci y Guillermo Iacobucci. Este manual aún obra en mi poder. Releerlo deja un sabor agridulce en mi paladar. ¡Cuanto conocimiento!, ¡Cuanto se valoraba la capacidad intelectual de los adolescentes de aquella época! Éramos capaces si... pero también teníamos docentes que de alguna manera fueron nuestros mentores intelectuales que supieron sacar lo mejor de nosotros. Pero lamentablemente, estos trabajadores del intelecto siempre han sido mal recompensados pues los gobernantes nunca entendieron – y parece no entienden ni entenderán – que el trabajo de un solo maestro en una sola escuelita del paraje más remoto de nuestro país es preparar para la Argentina una generación mejor para el futuro.
Otros maestros

Una palabra para el Señor Oubiña, el Vice Director. Siempre erguido, siempre serio. Su cara estaba siempre tranquila. Su presencia imponía respeto. Cuando él entraba al aula o pasaba entre las filas, dejábamos de hablar o de movernos. Era una autoridad pero no era autoritario. Serio pero no severo. Muy culto, era un docente en cuerpo y alma. Lo encontré ya muy anciano, cuando la vida le había quitado a su esposa y tenía a un perrito como compañero. Pasaba los meses de invierno en la Capital Federal y los veranos en nuestra ciudad. A pesar de los años su cara mantenía sus rasgos viriles, sus ojos brillaban y su memoria estaba intacta. Cuando estaba en Mar del Plata, pasaba con su perrito por el frente de mi casa. Después de un tiempo no lo vi más. Así es la vida.


Colofón
Como colofón de este humilde trabajo, hecho con más amor que oficio, me he permitido transcribir una sentida poesía escrita por el maestro Señor D. Miguel Calabrese, Director a la sazón de la Escuela Nº 6 “General Bartolomé Mitre” en ocasión del retiro de la Srta. Edith Viglienzoni, en reconocimiento de la labor realizada por ella y como afectuosa despedida, con fecha 10/09/1955.
Antes de cerrar este trabajo deseo concluirlo con las palabras escritas y leídas por ese maestro rural con alma de poeta que fue el señor Miguel Calabrese, director de la Escuela Nº6 “Bartolomé Mitre”, en ocasión del almuerzo ofrecido por la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires, el “Día del Maestro” celebrado el 11 de setiembre de 1970:



En fin, esto no es un panfleto ni político ni gremial. Es sólo un pequeño homenaje a mi señorita de 5º grado, a mis maestros de la Escuela Primaria Nº6, y a todos los docentes. Pienso que hay que quererlos mucho, valorarlos aun cuando nos hayan parecido injustos, ayudarlos en sus tareas estudiando y cumpliendo con nuestros deberes, esforzándonos por ser cada día un poco mejor y tratar de ser parte de una generación de argentinos que lleve a nuestro país a la posición de privilegio que tuvo y que nunca debió perderse.

La señorita Edith ya no está con nosotros. Fue un regalo del destino tenerla hasta sus 95 años – nació el 2 de febrero de 1911 – lúcida y de muy buen humor.

martes, 24 de agosto de 2010

La Anciana

La Anciana
Por SARA GARFINKEL

La vi como perdida, con la mirada fija en el horizonte marino. Bajé a la playa y me acerqué a ayudarla.
Le pregunté que buscaba. Dio vuelta su cabeza cubierta de cabello cano y me miró con sus ojos de color madreselva, asombrosamente jóvenes y vivaces que no armonizaban con su muchos años. Con dulce voz me respondió de esta manera:

“¿Qué estoy buscando?
La música que deleita
Que me eleva al cielo
Aunque tenga nubes
Gozo con la música
Que me brinda el viento en las hojas,
Que mece las aguas,
Que riega y fertiliza la tierra
El agua que corre por los ríos
El agua que se va al océano
Para encontrar otros rumbos”

“¿Qué estoy buscando?
¿Amistad? La tengo y me gratifica
¿Amor? Vivo rodeada de ello
Entonces se van mis angustias
No me quedo sola
Porque tengo el deseo
De gozar de la vida.”

lunes, 16 de agosto de 2010

El Ruiseñor

El Ruiseñor
Una tarde de primavera paseaba con un amigo por los bosques de Viena el gran compositor Franz Lehar. De repente llegó a sus oídos el canto de un pájaro. "Un ruiseñor", se dijo el músico.
Le comentó a su acompañante que estaba deseoso de ubicar al pájaro que lo había conmovido con su canto. El bosque era muy grande y la búsqueda les llevó tanto tiempo que iban a abandonarla cuando en un recodo de una senda encontraron a una hermosa joven que, sentada sobre un tronco caído, alegraba al paisaje que la rodeaba con unos gorjeos tan puros y dulces que parecían imposibles de salir de garganta humana alguna.
Esa joven se llamaba Militza Korjuz. El compositor y su amigo prestamente la comprometieron para cantar en el Gran Teatro Real de Viena.
Así comenzó su carrera artística, la que duró muchos años. Emocionaba a todos aquellos que la escuchaban con deleite y admiración. Militza fue la cantante que tenía el agudo más alto que todas las cantantes de su época y aún las de hoy en día.
Se aseguraba que cuando hacía su famoso agudo se rompían los cristales que estaban cerca suyo.
Después de muchos años Militza se retiró de los escenarios. Cerró su casa en la ciudad de Viena y no se la vió más. Hace poco unos sobrinos nietos reclamaron la propiedad como herencia. Su reclamo fue aceptado. Cuando se abrieron las puertas de su casa, tantos años cerradas, se encontró todo el mobiliario y demás enseres en su sitio, como si la moradora se hubiera retirado de la morada el día anterior. Lo que llamó la atención fue la jaula dorada que pendía de un soporte a un costado del piano donde la cantante ensayaba todos los días. Esta jaula tenía la puertita abierta de par en par y el pequeño columpio donde los pajaritos enjaulados se mueven acompasadamente de un lado a otro sin que muden de lugar, se estaba meciendo suavemente.
Este pequeño columpio nunca dejó de mecerse y la puerta de la jaula saltó de sus pequeños goznes cuando la quisieron cerrar.

TIMIDEZ

Maria Luján lo vio marcharse. Él no se dio vuelta y ella tuvo tiempo de pensar.
¡Cuánto lo amaba! Estaba segura que él sentía lo mismo por ella.
Seguía pensando… hacia tanto tiempo que se conocían.
Él le había regalado un libro. Luego le pidió que lo acompañara a un concierto.
Así fue pasando el tiempo. Él le ayudó a crecer con la lectura de buenos libros, la asistencia a conciertos y cuantos acontecimientos culturales se presentaban.
Siempre estaban juntos. María Luján esperaba de él un gesto, una declaración de su amor hacia ella. Pero era tan tímido…, eran tan tímidos los dos.
¡Cómo deseaba sentirse estrechada entre sus brazos, recibir una caricia de él!
Pero sus caracteres no los ayudaban.
Lo vio partir con mucha pena en sus ojos. Sus lágrimas se deslizaron por sus mejillas y él no lo supo. Nunca sabría que ella lloraba por él, por su timidez, por su cortedad de ánimo.
Lo que Maria Luján nunca sabría es que lloraba por ella también, por su incapacidad de llamarlo y decirle… “¡vuelve amor, vuelve, que te amo y te necesito!”

lunes, 12 de julio de 2010

TIMIDEZ

Maria Luján lo vio marcharse. Él no se dio vuelta y ella tuvo tiempo de pensar.

¡Cuánto lo amaba! Estaba segura que él sentía lo mismo por ella.
Seguía pensando… hacia tanto tiempo que se conocían.
Él le había regalado un libro. Luego le pidió que lo acompañara a un concierto.
Así fue pasando el tiempo. Él le ayudó a crecer con la lectura de buenos libros, la asistencia a conciertos y cuantos acontecimientos culturales que se presentaban.
Siempre estaban juntos. Ella esperaba de él un gesto, una declaración de su amor hacia ella. Pero era tan tímido, eran tan tímidos los dos.
Como deseaba sentirse estrechada entre sus brazos, recibir una caricia de él.
Pero sus caracteres no los ayudaban

Lo vio partir con mucha pena en sus ojos. Sus lágrimas se deslizaron por sus mejillas y él no lo supo. Nunca sabría que ella lloraba por él, por su timidez, por su cortedad de ánimo.

Lo que Maria Luján nunca sabría es que lloraba por ella también, por su incapacidad de llamarlo y decirle… “¡vuelve amor, vuelve, que te amo y te necesito!”

viernes, 25 de junio de 2010

Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata

Son, sonar, sonante, sonido, sonoro

Dicen los otólogos que la etiología de la sordera es un factor importante en relación con la pérdida auditiva, la que puede estar asociada, entre otras cosas, con factores ambientales. Además dicen que en un tercio de las personas sordas, el origen de su sordera no ha podido ser diagnosticado. Bueno este es mi caso y no es mi caso. ¿Cómo explico esta paradoja dentro de lo paradojal de mi propia existencia? Muy fácil. La pérdida de capacidad auditiva se debe a factores ambientales, pero ningún profesional dedicado a la otología podría diagnosticar el origen de mi sordera de no conocer lo que madrugada tras madrugada vengo soportando desde hace varios años.

Desde que se inauguró la peña mis noches han sido algunas veces muy movidas y otras veces más tranquilas. Pero nunca tan ruidosas como las noches telúricas protagonizadas por un conjunto folclórico cuyos cuatro integrantes son tan entusiastas como voluntariosos. Sus actuaciones me emocionan y me ensordecen. Estos muchachos conforman un cuarteto de dos guitarristas, un violinista y un bombisto. Éste último debe ser el director del conjunto porque le da al bombo con alma y vida. Así, se desgranan
Chakai Manta,
La López Pereyra,
Los Sesenta Granaderos,
La Felipe Varela

Todas son hermosas y todas acompañadas por las guitarra, el violín y el
¡bom!... ¡bom!... ¡bom! ¡bom!.

Y dale al bombo, a la baguala, a la chacarera, y otra vez al bombo… Que no es un bombo cualquiera… ¡No! ¡Es un bombo legüero! ¿Ustedes saben lo que es un bombo legüero? Por si no, les voy a hablar de nuestro vernáculo instrumento de percusión. Se emplea para acompañar la música de nuestra zamba, nuestra chacarera, nuestro malambo. Si lo comparamos con otro tipo de tambores o bombos, el legüero es más liviano y pequeño que aquéllos. Pero su resonancia es penetrante y poderosa. Este pequeño monstruo forrado en cuero curtido lleva en su nombre implícita su característica sonoridad. Se llama Bombo y se apellida Legüero porque cuando se ejecuta a campo abierto puede ser escuchado a varias leguas a la redonda.
¡A varias leguas, acabo de aclarar! Y ahora agrego un dato más, así como a la pasada. Una legua es una unidad antigua de longitud que equivale a cuarenta cuadras de 150 varas cada una. ¿Calculamos juntos? Si una vara mide aproximadamente 0,866 metros cada cuadra mide 129 metros, los que multiplicados por cuarenta llegan a sumar 5,196 metros. Por esto, antes de terminar mi elucidación didáctica quiero recordarles que yo soy una calle completa en sólo una cuadra de extensión. Longitudinalmente mido 86 metros con 50 centímetros mientras que la distancia entre las líneas de frente de mis ambas veredas es la normal a cualquier calle del ejido marplatense – excepto las avenidas, se entiende. Esta aclaración es muy importante para que ustedes entren en situación y comprenda mi condición de autista ótica.

¡Ay! Ya empiezan esta noche. Le están dando con todo a una hermosa chacarera. Chakay Manta. Bella y estruendosa chacarera. Mi otalgia se agudiza a medida que avanzan la música y el canto:
¡Bom!…¡bom!… ¡bom!…
Muy adentro del corazón
donde palpita la vida
¡Bom!…¡bom!… ¡bom!…
siento como un comezón
hay ser mi prenda querida….

Ante tanto barullo me da por desvariar. En este momento estoy creo estar diciendo cosas que a lo mejor son sensatas pero si así no lo fuesen no me siento responsable. Mis disquisiciones son consecuencia de mi trastorno auditivo
“Son, sonar, sonante, sonido, sonoro… sonoro, sonido, sonante, sonar, son… Los niños se duermen al son del canto de su madre… el son se oye con placer… el sonar es un ruido… el ruido causa miedo…el miedo no es placentero… el bombo suena, suena, suena. Concluyo que el bombo legüero es un gnomo sonante pero no sonoro que se empeña, bajo las órdenes de quien lo interpreta, a herir mi oído y asustarme.
¿Será el bombisto compinche del Lobizón? Puede que sí. Pero el Lobizón sólo aparece los martes ó viernes en noches de luna llena, mientras que este elfo de tierra adentro está todas las noches con luna, sin luna, con estrellas o sin ellas.
“Son, sonar, sonante, sonido, sonoro… sonoro, sonido, sonante, sonar, son…


Pelota de cuero, pelota de trapo

Me halaga que yo, pobre diagonal suburbana, haya sido elegida por un grupo de purretes como lugar preferido para reunirse a jugar. Estos pibes, sin saberlo, satisfacen mi vanidad. Confieso que tengo un afán desmedido por ser reconocida. Y es lógico. No es que quiera justificar el confesar mi falta de humildad ante mis lectores pero ustedes no negarán que es una reacción indiscutible ya que yo nací a la vida por accidente, mejor dicho, nací por un fallo judicial que dio la razón a los Hermanos Vaira en contra de la Municipalidad Marplatense; además no tengo nombre definido y mi destino parece condenarme a ser el eterno patio trasero de las dos calles importantes que hacen esquina conmigo.

Estos pibes, que no deben tener más de 10 ó 12 años, vienen a diario. La mayoría de ellos son chicos pertenecientes a familias de clase obrera. No sé si alguno de ellos fantasea con la idea de ser un gran jugador. Todos los días ellos y sus amigos juegan con una pelota de trapo, Los muchachitos con su juego han traído a muchos curiosos que disfrutan de estos picaditos imberbes. Como desde siempre yo suelo escuchar y aprender de los que saben, me entero que los impúberes juegan al fútbol. Además se comenta que me eligieron para armar su canchita porque el zanjón que me separa de la nada hacia el sureste, es el límite ideal para evitar ser desalojados del lugar. Y como colofón a tantas explicaciones el aplauso para los pibes que me enorgullece porque la verdad es que les he tomado mucho cariño. Dicen los hombres sabios que estos mocosos tienen un potencial individual y colectivo que ya quisieran poseer los mayores de veinte años.

Mientras en distintos barrios de Mar del Plata se están creando instituciones sociales y deportivas donde el fútbol es tan importante, o más aún, que algún que otro deporte o actividad social. Es que la pasión balompédica se extiende como una pandemia y se fundan clubes en toda la ciudad.




Una idea descabellada

Yo sigo siendo el potrero que sirve de canchita. Por las conversaciones que escucho de los espectadores que observan los partiditos de entrecasa que se llevan a cabo sobre mi terrosa superficie, me entero que muy cerca están los clubes Nación y Mitre. Éste último que es el que domina el mundo futbolístico de la ciudad, cuenta con una sede móvil, ya que sus autoridades se reúnen a veces en el despacho de bebidas de la familia Aprea - sobre la calle Moreno al 3300 - y a veces en lo de un vecino – Salafranca - a cuadra y media de mi esquina con la calle Bolívar. El fútbol ha crecido tanto que los acontecimientos ligados a este deporte hacen difícil determinar el orden y las fechas de los sucesos inherentes al mismo. El 26 de julio de 1913 se funda la Liga Marplatense de Fútbol, que es una de las tantas ligas regionales de fútbol de la Provincia de Buenos Aires. En el año 1921, mes de abril, día 29 – para ser más precisa – se fusiona esta la Liga con la Federación Marplatense de Fútbol. De esta unión nace la Asociación Marplatense de Fútbol cuyo primer presidente es un conceptuoso vecino de la ciudad.
En 1924 la municipalidad autoriza que en el predio de la diagonal Álvarez se levante la Casa del Deporte. Como siempre los emprendimientos municipales cuentan con la aprobación de los munícipes pero no con los fondos necesarios para comenzar las obras autorizadas. Comenzar algo, particularmente cuando implica dificultad, peligro, improvisación y falta de fondos es, sin lugar a dudas, una inconsciente idea municipal.
Ya hace un año que la ordenanza de la construcción de la Casa del Deporte, resultado de una irreflexiva aprobación sin haberse evaluado su trascendencia, está a medio cumplir. No hay fondos para la consecución de la misma. Pero ya se sabe que la suerte del inconsciente no la tiene el reflexivo. Y una vez más razón tiene el refrán. Estamos en el mes de agosto del año 1925. Después de surcar el alto mar, el mar profundo, el mar revuelto, el mar proceloso, llega al mar de Mar del Plata el barco inglés “Repulse”
Este bajel británico es famoso por la actuación que ha tenido en la Primera Guerra Mundial. Pero su comportamiento heroico no terminó con el tratado de Versalles. Aún le espera una última acción valerosa, extraordinaria, digna de admiración que los capitostes de la Liga Marplatense de Fútbol han de encomendarle. No más amarrar el “Repulse” en nuestro puerto las autoridades de la Liga deciden organizar partidos con los marineros británicos, con la idea de conseguir importantes recaudaciones para poder con ese dinero terminar la Casa del Deporte, cuyo frente se abrirá sobre mi vereda par. ¡Al fin seré puerta de entrada!
Creo que esta es una idea brillantemente descabellada porque el “Repulse” cuenta con 1500 tripulantes, de éstos unos pocos juegan al fútbol. El equipo formado por estos hombres tiene en su haber deportivo el ser campeones de fútbol de la armada inglesa.
En el año 1925 Mar del Plata tiene aproximadamente 30.000 habitantes. Muchos de esos 30.000 conciudadanos son amantes del fútbol, así que este es acontecimiento que será inolvidable para ellos y para mi también ya que, si todo sale bien, se construirá el edificio y a lo mejor hasta embaldosaran mi vereda que corresponde al frente de la Casa del Deporte.
Como siempre sucede, cualquier acontecimiento contrario a la razón o a la prudencia en el que me veo involucrada termina siendo exitoso. Y esta aventura financiera disfrazada de amistosos encuentros futbolísticos, tiene un resultado feliz. Hemos jugado 6 partidos durante los 35 días que el “Repulse” ha estado en nuestro puerto. Mar del Plata (sus jugadores) ha ganado 4 partidos, empatado 1 con tiempo de alargue y perdido 1.

Último Aviso
Una de las tantas características que me hace especial es que soy una arteria calva. En efecto, Mar del Plata es una ciudad que se caracteriza por sus calles arboladas. Casi todas lucen árboles plantados cada tantos metros pero sin obedecer una distancia pareja entre ellos. Los más comunes son los perfumados tilos y los robustos plátanos. Reconozco que a veces siento envidia cuando comparo mi alopecia con las melenas de verdes hojarascas que lucen mis afortunadas colegas cuando la excesiva frondosidad de sus árboles está en pleno. En el momento en que el sol del estío es total y el calor comienza a molestar, sus hojas interceptan la luz solar y humidifican el ambiente. Mis estivales transeúntes comentan que apenas dan vuelta la esquina que comparto con la calle Bolívar ésta les ofrece un oasis de frescura. Pero afortunadamente el ritmo inalterable del paso del tiempo trae consigo el paso inmutable del cambio de las estaciones climáticas. Así cuando llega el otoño, se desvanece mi negativo sentimiento hacia las calles marplatenses que imagino lucen bellas con una belleza generada por los árboles que las adornan. Es que el otoño abate las hojas que caen de las ramas antes frondosas y ahora alfombran las veredas generando el disgusto de las amas de casa que deben barrerlas, amontonarlas y deshacerse de ellas antes que algún viento travieso comience a soplar, las arremoline y las matronas tengan otra vez que sacar las escobas. La diferencia es a mi favor ya que yo mantengo mis dos veredas libres de marchito follaje.
Hoy, 25 de junio de 1979 amanecí perfecta. Estaba todo tranquilo hasta ahora que son las 10 de la mañana. Juancito y Juancita –los dueños de la peña La Cortada – y el matrimonio que vive al lado de la misma están conversando muy animadamente. Cada pareja, tiene sendas Cédulas de Notificación cuyo contenido parece no ser totalmente de su agrado. Es que el encabezamiento de esas notas es la consabida e inquietante consigna de cualquier demanda oficial: Último Aviso. Sigo escuchando y me entero que el municipio tiene la gentileza de avisar que en diez días a partir de la fecha de recepción del “último aviso” se ha fijado el día de vencimiento para cumplimentar esta Ordenanza Municipal sancionada por el Consejo Deliberante, como siempre entre gallos y media noche, para reforestar las calles marplatenses. Potencio mi capacidad auditiva y me entero que similares notificaciones fueron enviadas, no sólo a los propietarios frentistas de la diagonal Antonio Álvarez (que soy yo), sino a todos los dueños de inmuebles de la ciudad de Mar del Plata. Además en el artículo segundo se determina que el incumplimiento a lo intimidado dará sin más trámite aplicación a multas que van desde pesos CIEN MIL ($ 100.000) hasta pesos DIEZ MILLONES ($ 10.000.000)………
Los integrantes de ambos matrimonios son ciudadanos de probada conciencia cívica y excelente vecinos. Doy fe de mis conceptos. Entonces ¿a qué se debe su fastidio – que ya es compartido por los pocos propietarios cuyas viviendas tienen puerta de entrada sobre alguna de mis dos veredas - ante el “último aviso municipal”? No es porque consideren extemporánea la ordenanza de plantar árboles o reponer los que faltan en las calles marplatenses sino por el escaso tiempo que ha fijado el municipio para cumplimentar lo ordenado y por el monto de las multas a aplicar.

Pensándolo bien 10 días no es un plazo fijado con suficiente anticipación para que no sea necesario apresurarse para ir a un vivero, elegir un arbolito, contratar a un albañil para que levante las lajas que tapizan mis veredas, plantar el palito vegetal, prolijar el terminado del cantero que será la cuna de ese ser orgánico que crecerá, vivirá y se llenará de brotes y hojas para luego deshojarse y nunca mudarse por propia voluntad.

Aclaro lo de “poco tiempo”. Ninguno de mis buenos convecinos ha demostrado, desde el tiempo de mi nacimiento hasta la fecha, una férrea voluntad en ser inversionista municipal. Todo lo contrario. Pero todos siempre han cumplido con su deber ciudadano. Y así será en esta ocasión. Sucede que hay que buscar precio en los distintos viveros ya que, a pesar de existir un vivero Municipal, en la ordenanza no figura el suministro gratuito de los verdes retoños.

Lo que está claro en la disposición dictada por la autoridad competente que reglamenta la vida de nuestra ciudad, es que todos los gastos corren por cuenta de los vecinos. Pero la Municipalidad, que como de costumbre vela por la seguridad, tranquilidad y bienestar de éstos, ha adosado a la fatídica papeleta una serie de ítems que en vez de aclarar oscurecen los conceptos básicos de la Cédula de Notificación:

a) Altura del árbol: superior a 1,80 ms. Altura del tutor: no menos de 1,50 ms. de la línea de acera.
b) Distancia entre planta y planta: 5 ms. a razón de 2 ejemplares por frente de 10 ms.
c) 0,40 ms. Del cordón al comienzo del espacio libre para colocar el árbol; se entiende que esa medida es a partir de la parte interna del cordón hacia la línea de edificación.
d) De existir frente a su propiedad árboles secos o mutilados, éstos últimos de difícil crecimiento, deberá gestionar la autorización para su retiro ante el Dpto. de Paseos Públicos (Rioja e/San Martín y Luro) y colocar por su cuenta otro/a en su reemplazo.

Siguen dos apartados finales que no hacen mella en el mellado espíritu de mis buenos convecinos. Por supuesto que éstos nunca olvidarán el nombre del Doctor Mario Roberto Russak - Intendente del Partido de General Pueyrredon – ni tampoco el nombre del Señor Juan Angel Savina – a la sazón Jefe del Departamento de Inspecciones Varias de la Intendencia del Partido de General Pueyrredon.

Operativo Reforestación


Ya ha pasado casi una quincena desde que empezó el “operativo reforestación” sobre la Diagonal Antonio Álvarez. Mis ambas veredas siguen tan áridas como siempre. No se si es un desorden emocional congénito pero no puedo evitar que cualquier acontecimiento inesperado que suceda en mi entorno produzca en mi mente un torrente de pensamientos desconectados y muchas veces infundados. La única explicación que encuentro a este comportamiento es que es muy difícil contener en una superficie tan pequeña como la mía un universo de convecinos tan especiales como son los que se domicilian en la marplatense Diagonal Antonio Álvarez. Esta neurosis se ha exacerbado en mi cuando, accidentalmente, me entero el nombre de las distintas posibles especies de los arbolitos a comprar para adornarme. Son tantas y de tan difíciles apelativos que no dudo que sus precios deben ser elevados. En el paroxismo de mi preocupación llego a imaginar un aquelarre arborescente en mi futuro. Es como si ya viera mis veredas luciendo cada tantos metros un árbol de cada especie: altos, bajos, robustos, endebles, algunos de hojas perennes, otros con follaje perecedero. Eso sí, todos con raíces varicosas que en no mucho tiempo reventaran las lajas que recubren la tierra apisonada de mis veredas.
A propósito de esto, la única vereda que tiene baldosas en la que corresponde al edificio Aconcagua que está en la esquina que me une con la calle Bolívar al 3200. Lo menciono con orgullo pues éste ha sido el primer edificio de varios pisos – en propiedad horizontal – que se construyó en el barrio hace ya muchos años.

Volviendo a mis oscuras premoniciones, éstas se vuelven más negras cuando veo que algún vecino, deseoso de ahorrarse un dinerillo, decide él mismo ser albañil y jardinero. Por arte de birlibirloque en poco más de dos semanas se ha generado en mi entorno un escenario de debilidad botánica que sobrecoge. Desde el suelo, a determinada distancia, se levantan enclenques palitos con alguna que otra ramita y una o dos hojitas que se mueven como polillas a la más suave brisa. Se ha cumplido la ordenanza – por lo menos en lo que a mi territorio respecta. Todo en paz.

¿Todo en paz? Nunca, jamás todo estará en paz. ¿Vieron como mis inquietudes nunca son infundadas? Hoy es 15 de agosto. Según el santoral es el día de la Asunción de la Virgen… … … Pero en el calendario seglar hoy es el día posterior al que uno de los dos arbolitos, plantado muy cuidadosamente por Juancito con sus propias manos y regado con maternal cariño por Juancita, ha sido robado. Gran alboroto, la indignación del perjudicado no tiene límites. Tal es así que Juancito, vulnerado en su propiedad y en su dignidad, se dirige a la seccional del barrio para denunciar el robo. Es atendido. Su denuncia tiene curso gracias a su parentesco con un muy importante líder sindical.
Es que este buen vecino necesita deslindar responsabilidades y dejar constancia, con papel sellado por medio, de su cumplimiento a la Ordenanza Municipal .y de su denuncia ante la autoridad competente. Se instruye un sumario con intervención del Juez en lo Penal en turno y se moviliza la fuerza investigativa. Ésta llega a determinar que el arbolito fue sustraído por delincuentes desconocidos. Ante el hecho consumado, lo único que puede hacer la autoridad policial es aconsejar al vecino damnificado que plante otro retoño y trate de protegerlo atándolo a una estaca y rodeando a ésta con varias vueltas de alambre de púa.

Demás está decir que todos los vecinos deciden seguir el ejemplo de Juancito. Están encerrando sus endebles arbolitos dentro de fortalezas hechas con alambres pinchudos y palos a fin de prevenir la tentación delictiva de algún descarriado.
Ahora el escenario que embellece mis veredas parece más un conjunto de bichos canastos verticales que una ubérrima calle arbolada.

¿Qué es la Pintura?

¿Por qué me hago esta pregunta? Porque acaba de establecerse una fábrica de pintura. Ocupa el salón que dejó vacío el chapista que por tantos años trabajó en el barrio. Mi añoranza deja paso a mi curiosidad. Me asomo al interior de la fábrica recién instalada. Aún sin tener experiencia en la materia, me doy cuenta que es un emprendimiento problemático tomando en cuenta sus limitadas instalaciones y su escaso personal: el hijo del dueño de la fábrica, idóneo en el lavado casi diario del auto de su papá y un peón, rengo e inútil para todo menester Es que todo lo que sucede a mi alrededor es (o ha sido) hipotético. Rememoro el final de obra del edificio Aconcagua (en su momento hipotética propiedad horizontal); la hipotética parrilla La Cortada; la fábrica de tejidos que era un hipotético establecimiento textil ya que sólo contaba con una máquina de tejer familiar marca Knittax.
¡Ahora la fábrica de pintura! Así el móvil fletero que trae materia prima a la factoría de pintura no puede romper la tradición. Es un furgón reacondicionado que prestó servicio como transporte de tropas durante la segunda guerra mundial. La caja donde se acarrean los envíos es playa con sólo dos barras a ambos lados de la misma que sirven como contenedores de lo que se transporta. El señor que maneja el vehículo y dispone la manera de descargar la mercadería acarreada debe estar en su séptima década de vida. El producto transportado es un barril de 200 litros de capacidad que contiene una mezcla compuesta por dos elementos básicos: un agente colorante llamado pigmento (en este caso blanco amarillento) y un agente aglutinante (en este caso aceite de lino). Es decir pintura. El barril está mal estibado y mal tapado. Sin prestar atención a este detalle el dueño de la fábrica, su hijo y el fletero empiezan con la tarea logística de bajar el barril. El más joven, el hijo del dueño, pone manos a la obra trepando raudamente sobre la caja del camión. Desde arriba comienza a tratar de mover el pesado barril. Después de ingentes esfuerzos consigue hacerlo girar sobre su base, como si ese tonel de metal fuese una grácil joven danzando con él un romántico vals “straussiano”. Pero impensadamente ambos danzarines pierden el compás, el barril se desliza de costado y se precipita al vacío en una limpia pirueta falsamente escuadrada, no sin antes perder su tapa superior. Quienes estaban en la calle esperando ayudar en el desembarco de la barrica, no atinan a nada. El fabricante de pintura está parado sobre la parte media de mi superficie asfaltada, con sus manos detrás de su espalda mirando atentamente las idas y vueltas de su hijo. El anciano fletero está a su lado dando instrucciones que no son escuchadas por nadie. En un periquete, el fletero y el dueño de la fábrica quedan inmersos hasta los bajos de sus pantalones en este mar de pintura, bajo el cual estoy yo sin posibilidades de emerger. Espero que alguien tome una escoba o un trapo de piso y me rescate de esta situación.
El tránsito comienza a complicarse, los vecinos salen a mirar, el fabricante de pintura lamenta su pérdida económica, el fletero no sabe como sacar su ex-bélico cacharro, la marea sube, sube y yo… … … escucho con horror que están ordenando al peón rengo - inútil para cualquier menester que no sea fumar, tomar mate y decir palabrotas - que trabaja como sereno en la fábrica, que vaya a buscar una pala y unos tarros vacíos para levantar a palazos la pintura derramada.
Nunca pensé que mis últimas palabras fuesen “Glu… Glu… Gluu…”
Ave Nocturna


Don Arturo es el dueño de una “cuasi improvisada” fábrica de pintura sita en la Diagonal Antonio Álvarez 3380... Califico de “cuasi improvisada” a esta fábrica porque sus instalaciones son casi inexistentes. Una máquina mezcladora y varios tarros vacíos de 20 litros de capacidad cada uno. La materia prima viene de la capital y la fuerza laboral es cubierta por sólo dos personas, el hijo de don Arturo y un rengo de edad indefinida que sirve para toda tarea que no implique esfuerzo personal, un poco por su impedimento físico y otro poco por su desapego al trabajo.
Tipo raro este rengo. Respondón ante cualquier observación. Maligno en su mirar y ladino en su actuar. Sus ambas extremidades (brazo y pierna) izquierdas están rígidas por un problema congénito. Por ser una discapacidad nacida con él, no adquirida posteriormente, es habilidoso en movilizarse con ó sin bastón, aunque este adminículo siempre lo acompaña en sus desplazamientos.
Desde el día que llegó a mis dominios, usa todas las artimañas y fingimientos que tiene bien estudiados para conseguir lo que quiere: cigarrillos, que a su pedido le dan los hombres que pasan cerca de él; ropa usada, que alguna compasiva matrona le acerca de vez en cuando; algún que otro churro, que el vendedor de los mismos generosamente le suministra en su habitual recorrida por mis dos aceras.
Durante el día está sentado sobre una silla destartalada. Fuma y toma mate, toma mate y fuma. Los vecinos se han acostumbrado a este comportamiento diurno. Lo que no saben estos mismos vecinos es lo que pasa casi todas las noches en el interior del depósito de la “cuasi fábrica” de pintura. Tampoco lo sabe su dueño. Es imposible pensar que el impedido tenga una conducta indeseable. Sin embargo la tiene y la ejercita casi siempre al cerrarse el crepúsculo vespertino. Pero esta noche los acontecimientos rebasan los límites. Al cojo le resulta imposible parar a sus visitantes masculinos. Es que están todos muy alterados. La presencia de una mujer, la única entre tantos varones, parece, a pesar de ser realmente fea, elevar la valoración de su femenina compañía. Es fea de toda fealdad. Es flaca, muy flaca. Es desgarbada, torpe en sus movimientos, ridícula en su atuendo. Luce un vestido de color blanco con su parte superior sostenida por unos breteles muy finitos que acentúan aún más su tísica figura. Varios collares de cuentas de muchos colores adornan su cuello, similar al de una gallina pelada. Su policroma cara no permite ver claramente sus rasgos. Luce una enrulada peluca rubia que sujeta con horquillas en las que ha adosado flores artificiales a guisa de florida diadema. Lamentablemente semejante cantero floral no puede disimular su fealdad. Esta mujer es feota y descarnada. La algarabía general la enloquece y sin pensar se zambulle en medio de la batahola imparable. Es un molinete descontrolado. Sus amigotes no la pueden detener: la toman del vestido blanco que se rasga por la debilidad de la tela, la agarran de la peluca rubia con que cubre su canosa rala cabellera pero logra zafar. El tejido de pelo no se desprende quizá por estar bien agarrado. Lo que vuelan son las flores, desgajadas en pétalos que planean por acá y por allá. Le cruzan las piernas que mueve bastante torpemente con idea de derribarla, pero es inútil. Por último le tiran trompadas y patadas que se pierden en el aire. En una de tantas fintas anónimas, alguien consigue tomarla por la cintura y contenerla. Esta ave nocturna, con el vestido roto y la melena postiza despeinada, respira profundo, desorbita sus ojos y toma el bastón que descansa sobre una mesita, la única pieza del destartalado mobiliario que se mantiene vertical en ese aquelarre de objetos desparramados a tontas y locas por el suelo del lugar. Descontrolada, amenaza con darle de palos a la cabeza de cada uno de sus compañeros de francachela. A esta altura la algarabía ya es algarada. Es que todo se ha convertido en una confusión descomunal. El fandango llega a oídos de la autoridad que llega al sitio de inmediato en la persona de dos agentes. Los representantes del orden quieren parar el batuque pero solo consiguen acrecentarlo. Uno de ellos llama a la seccional pidiendo algún refuerzo. Cuando la colaboración llega, los beligerantes ya han disminuido la violencia de su enojo por estar cansados, golpeados y algo intoxicados por los vapores etílicos.
Al final el grupo termina en la comisaría. Medio vestidos, bastante maltrechos, algo beodos, todos avergonzados menos la pelandusca, que desgreñada, sucia y casi andrajosa, antes de subir al camioncito celular se acomoda su descalabrada peluca rubia después de cubrir sus escuálidos omóplatos con una campera que le acerca un policía para cubrir su macilento físico. Lo único fuera de lugar en su atuendo son los gastados mocasines (uno ortopédico – el izquierdo) que cubren sus pies.
El primer partido del primer torneo de fútbol de verano
Desde el año 1927 la Liga Marplatense de Fútbol tiene la puerta de adelante de su sede sobre la Avenida Colón 3245. La parte posterior fue, en un principio, un humilde portón - que daba paso a los fondos del edificio principal – sobre mi acera par. Cuando el portón estaba abierto se podía ver un patio de piso de tierra y una edificación con todas las trazas de ser una vivienda familiar. En esa edificación vivía la familia Acchiarini, cuyo patriarca era el Secretario Rentado de la Liga Marplatense de Fútbol. Buena gente, trabajadora, decente.
Pero este invierno se quitó el portón que ha sido reemplazado por una pared con dos ventanitas.Durante muchos meses me pregunté el por qué del cambio hasta que de oídas, por conversaciones de los viandantes, me acabo de enterar que se remodela el estadio de la ciudad para que se jueguen los torneos de fútbol de verano. Entonces las ventanitas deben ser las boleterías donde se han de vender las entradas.
No me equivoco. Esta madrugada estival no sólo me mantiene despierta el bombo legüero de la peña sino la presencia de un número cada vez más importante de personas que se ubican sobre mi vereda par haciendo cola a partir de las ventanitas, de las que ya les hablé, hacia la avenida Independencia. Son aficionados que vienen a comprar entradas para el primer partido del primer torneo de fútbol de verano en la ciudad de Mar del Plata. Ya es casi mediodía, el calor aprieta. Se nota la falta de experiencia de los boleteros. Los “hinchas” comienzan a irritarse debido a la lentitud en la venta de las entradas. La cola comienza a descompaginarse, algunos avispados tratan de ganar puestos no respetando el orden de llegada. Los que son desplazados pierden el control. Ellos llegaron primero, quieren conseguir una buena ubicación y terminar con la amansadora de tantas horas. Se produce un escándalo de proporciones que en pocos momentos deriva en una pelea callejera. Las peleas callejeras son un hecho común en cualquier parte del mundo. Por eso suceden hasta en mis dominios. Los unos se quieren imponer a los otros porque ambos desean conseguir algo muy deseado: las entradas al estadio.
Un grupo muy pequeño en número pero muy belicoso protagoniza una sesión de pugilato donde mezclan golpes de boxeo con tomas de lucha libre. Un grandote le grita a otro, no menos corpulento, que le saque el lugar a él, si es lo suficientemente macho, en vez de desplazar a un pobre alfeñique amigo suyo. Y ahí no más comienza una toma y daca de puñetazos. Algunos trompadas aterrizan en las cabezas, muchas en las mandíbulas y otras en las partes pudendas de los contrincantes. Sobre el ring en el que involuntariamente me he convertido se muestran todos los estilos y todas las “técnicas” del deporte de los puños. Así hay boxeadores fajadores, técnicos, golpeadores, defensivos, contraofensivos etc. Pero también hay uno – el boxeador cobarde - que no responde a los golpes y que retrocede, retrocede, retrocede tanto que acaba por meterse, de espaldas, por una pequeña puerta que está semiabierta. Esta abertura corresponde al depósito de la fábrica de pintura lindante medianera por medio con la propiedad de la Liga.
De repente mi interés se centra sobre éste púgil que prudentemente decidió tirar la toalla antes de ser masacrado por los gladiadores que luchan con sus puños por luchar no más, ya que nadie se acuerda ni de las entradas ni del partido de fútbol. ¿Por qué cambió el punto de mi atención? Porque el boxeador asustadizo así como entró de envés sale de pecho, despavorido, como un buscapié de fuego de artificio perseguido por un perro grande, muy grande, fornido, de cabeza redonda, orejas pequeñas, dientes fuertes y cuello corto.
La fábrica tiene como cuidador y sereno a un rengo de desagradable aspecto y raras costumbres. Uno de sus hábitos es, durante los meses de verano, dormir a la hora que sea, con la puerta abierta. Se entiende esta costumbre porque el galpón es muy caluroso y el cojo no tiene de que preocuparse pues Titán, que así se llama el perrazo, siempre lo acompaña y no deja entrar a nadie
Hasta acá no hay nada raro en la situación que les relato. Lo que si puede ser inverosímil para quien lea este relato es lo que estoy viendo y paso a contar: el rengo, despertado imprevistamente de su siesta estival, aturdido por los vahos alcohólicos del vino con el que acompañó su almuerzo, descoordinado por los ladridos del perro, corre como puede con su pierna dañada detrás del mastín de imponente alzada y babeantes fauces abiertas. El baldado cubre su torso con una camiseta más bien roñosa y sus partes vergonzosas con unos pantalones holgados sostenidos con un cordel a modo de cinto. Pero entre el desbarajuste armado por los energúmenos ensangrentados y furiosos, que revolean trompadas y todo objeto que caen en sus manos y los ladridos del descendiente directo del cancerbero, que parecen amplificarse a medida que aumenta su veloz persecución, el impedido no se da cuenta que el nudo de su improvisado cinto se abre y su pantalón desciende hasta sus tobillos, lo que lo hace caer al suelo.
Milagrosamente, con movimientos filmados en cámara lenta, de repente se detiene el improvisado festival de boxeo. Parece como que de algún lugar alguien hubiese hecho sonar la campana. Pero no, ninguna campana ha sonado. Lo que sucede es que en el suelo, panza abajo con sus escuálidas nalgas al aire libre, está el impedido. Quizá esto no es lo más grave. Lo más grave es que el rengo se levanta como puede y así como la exhibición de las dos porciones situadas a continuación de su esquelética espalda ha sido accidental, no es accidental que una vez de pie este tullido comience a reírse de la situación mientras cruza sus brazos sobre su descarnado pecho… … … sin preocuparse por levantarse los pantalones.

Inconclusión
Concluir significa dejar una cosa totalmente cerrada. Se concluye aquello que admite la idea de ser cerrado. Pero yo aún tengo mucha cuerda en el reloj de mis recuerdos. Todavía conservo muy lúcida mi mente embaldosada y pavimentada. Mi capacidad de traer al presente una persona, cosa o situación del pasado está intacta. Siento que es una necesidad y un deber darle a la nuevas generaciones de marplatenses el regalo de las anécdotas de tantos vecinos que, ya viviendo en mis dominios o transitado por mis veredas, has escrito una parte chiquita pero válida e irremplazable en la historia cotidiana de nuestra querida ciudad de Mar del Plata. Regalo para ellos y para mí también. ¿Por qué? Pues porque el obsequio que doy es para que quien lo quiera recibir recuerde siempre a quien se lo hace.
Esta inconclusión es un pequeño recreo que le doy a mi memoria en mi tarea de impedir que tantas situaciones vecinales caigan en el olvido. No he de “echar la llave” al arcón de mi vivencias. En poco tiempo, prometo, volveré con más anécdotas porque……… “Todo me sucede a mí. A mí, que de todas las calles de Mar del Plata no soy ni la más larga, ni la más ancha y no figuro en el catastro municipal como calle porque soy una diagonal.”

lunes, 7 de junio de 2010

Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata

Fábrica de Jersey La Cortada

Hoy ha amanecido gris. Como de costumbre no he podido pegar un ojo en toda la noche. Menos mal que hay una serie de gatos atorrantes que me entretienen con sus correrías por los techos de las casas de mi cuadra. Hace frío y hay una fuerte brisa que disminuye aún más la baja sensación térmica. Me siento tan vulnerable que hasta creo estar alucinando porque veo que se está levantando la cortina metálica que impide entrar al local de la parrilla que fue. Alguna persona debe haber entrado. Confieso no haber visto a nadie abrir desde afuera el candado que traba la cerradura de la pequeña puerta metálica inserta en la cortina y menos ingresar al local. Aunque no es nada raro ya que mi percepción está algo menguada y a veces me resulta imposible fijar mi atención.

Bueno, las cosas ya están acomodándose en mi mente. Acaba de llegar un camioncito fletero, muy común en la ciudad. El fletero, después de constatar la dirección de su entrega, baja de la caja del camión, con la ayuda de un muchacho, dos máquinas de tejer y otras dos más pequeñas, cuya función me es desconocida, todas evidentemente de segunda mano. También bajan dos bolsones de lana y un canasto pequeño de mimbre donde hay una parva de cosas amontonadas.
¿Quién sale a recibir la entrega? ……Una señora de edad mediana a la que no tengo el gusto de haber visto antes. Tras ella sale nuestro conocido dueño de la ex parrilla La Cortada. No me asombro pues me he enterado de oídas que la justicia tomó cartas en el asunto y después de intercambios de términos jurídicos y testimonios entre fiscal y abogados defensores, se dispuso que todas las personas detenidas quedasen en libertad bajo fianza y ciertas condiciones. Por el trato entre ambos me doy cuenta de que son marido y mujer. Mientras entran los cachivaches traídos conversan entre ellos. Y así me entero que van a comenzar a armar un taller de tejidos, cuya jefa ha de ser la señora y el guapo de otrora un simple ayudante de ella.
Por varios días no ha habido importante movimiento en el local. Donde ha habido ajetreo fue entre los vecinos. La parábola del bien portarse de los vecinos ha triunfado sobre la tentación del maligno recién llegado. Sobre nuestra manzana triangular se ha depositado una nube de bonanza que desparrama sobre todos nosotros – yo entre todos – una serena sensación de bienestar.
Esa sensación alimenta en mí un sentimiento de tranquilidad. Esta tranquilidad ayuda a combatir mi falta de sueño. Esto confirma mi tesis que mi insomnio no es una enfermedad en si sino es un síntoma de mi desorden psíquico provocado por todos los tejes y manejes sucedidos a mi alrededor desde la aparición de la famosa parrilla que fue y ya no es.
Bueno pero volvamos al flamante taller textil que ya está funcionando. Afortunadamente tanto la puerta de entrada como la vidriera están despejadas de las oscuras cortinas metálicas y puedo enterarme de todo lo que sucede en el interior del local. Ayer espiaba el salón de timba camuflado de parrilla al carbón; hoy curioseo la flamante fábrica de punto camuflada de industria textil.

Paso a contarles lo que estoy viendo. Pero antes he de confesarles que desde hace un tiempo me autoanalizo para ver si puedo entender porque “justo a mí me tocó ser yo”. ¿Se entiende? Trataré de explicar: como les dije mi nacimiento fue accidentado, casi desaparezco del ejido marplatense antes de tener identidad propia y hoy mismo, ya con nombre y apellido, soy muy poco conocida por los habitantes de esta bendita ciudad. De todos los caminos que emprendí para llegar a una respuesta, me he identificado totalmente con el principio que justifica mi existencia como consecuencia de la trasmigración. Vaya una a saber de que sitio ignoto provino el alma que llegó hasta mí para dar principio a mi vida y capacitarme para conocer, sentir y maravillarme. Lo que no me dio es la posibilidad de limitar mi capacidad de asombro. Voy de impresión en impresión ante las cosas que inesperadas que se suceden sin solución de continuidad en mi pequeño universo callejero. A lo mejor esto es muy positivo para mí, ya que aunque pequeña, soy parte de una ciudad que día a día crece y con el tiempo – segura estoy - yo seré muy importante en el devenir citadino.

A través del vidrio – algo sucio – veo todo el mobiliario de lo que fue La Cortada. Hay sillas, mesas y algún que otro banco- todos apiñados contra el mostrador; éste, a su vez, soporta sobre su descascarada tapa las copas, vasos, pocillos para café, sifones, botellas llenas, medio llenas y hasta vacías que quedaron abandonadas a su suerte desde el infortunado día donde todo el movimiento “comercial” de la seudo parrilla se descalabró. Una espesa capa de polvo cubre todo esa colección de trastos que ocupan lugar y no me doy idea del por que se conservan. En fin, cada uno sabe lo que hace con sus cosas. Pero esto no es lo interesante. Lo sorprendente es la escena que se desarrolla ante mis asombrados ojos. Las cuatro máquinas que trajeron están acomodadas; dos mesitas auxiliares a ambos costados de las mismas, sirven como apoyo a madejas de lana y algún material ya tejido. Hay una silla y un banco acomodados enfrente de una de las máquinas de tejer. La consorte del otrora guapo está sentada en la silla explicándole a su cónyuge como preparar la urdimbre a partir de los puntos de orillo que ella había previamente armado en las agujas de la máquina.
El hombre, después de asentir con la cabeza, se acomoda en el banquito y emprende la tarea que le ha sido encomendada. ¡Nunca me hubiera imaginado que algún día vería lo que estoy viendo! Aquél valiente empresario gastronómico hoy es un manso operario textil bien sumiso y conforme con su nueva actividad laboral.

La mujer comienza a levantar los dichosos puntos de orillo. Él pregunta porque hay dos grupos de puntos. Ella contesta que es un truco trabajar ambos grupos simultáneamente porque lo que él va a tejer son las mangas y trabajándolas juntas, éstas salen iguales. El rey de la timba se bajó del trono para ser un simple paje de la lana. Comienza a elaborar la trama mientras repite en alta voz sus movimientos: cuatro puntos al derecho, un punto al revés, cuatro al derecho, uno al revés, etc., etc. Ahora cuatro al revés, uno al derecho, cuatro al revés, uno al derecho, etc., etc. En un momento dado se acerca su mujer y le recuerda que no se apure pues ese punto que él trabaja se estira mucho, cosa que se tiene que tener en cuenta a la hora de tejerlo.

El progreso del artífice de la lana es notable. No obstante, la esposa- instructora sigue impartiendo enseñanza a este sorprendentemente esposo-buen alumno. Le explica como tiene que levantar los puntos que se le escapen y como hacer los ojales, ahora que está tejiendo las delanteras de las chaquetas. Voy a prestar atención a ver si aprendo algo. La mujer comienza la explicación que es atentamente seguida por su esposo y por mí. Así ambos nos instruimos en la técnica de hacer ojales en el tejido: al iniciar la vuelta del derecho donde se quiere hacer el ojal, se teje un punto al revés, se cierran los dos siguientes puntos y se teje el otro al revés. Luego se continúa el resto de la vuelta y en la siguiente vuelta del revés, al llegar a los puntos anteriormente cerrados, se montan dos puntos nuevos. A mí no me parece muy difícil; a él, no se.

Lo cierto es por un tiempo dejé de prestar atención a los vecinos tejedores, porque otras cosas suceden a mí alrededor aparte de la fábrica de jersey La Cortada. No piensen que esta factoría está habilitada con tan rimbombante nombre; es una travesura mía el haber creado tan pomposo apelativo comercial. Pero hoy vuelvo a los cónyuges urdidores porque están sacando las máquinas y demás enseres que hace cuatro meses fueran traídos por ellos mismos. Esta pareja nunca fue recibida – ni bien ni mal – por los vecinos estables de la manzana. Su ausencia no se ha de notar, de seguro. Cargan todo en el mismo camioncito de fletes que trajo el escaso mobiliario y parten hacia vaya una a saber dónde. Otra vez se bajan las cortinas metálicas. El matrimonio se va para nunca más volver. Otro episodio cerrado en mi vida.

Juancito y Juancita

¡”La… SOL… la… re… MI… la… SOL…”!
¡“DO… RE… DO… RE… DO… MI… la”!

¿Entono bien? ¿Modulo bien? ¿Afino bien? ¿Quien podrá contestarme si mi voz es silente, si nadie me puede oír? En fin, esta duda no va a detenerme en mi nueva aventura de vida. .Quiero cantar.
He descubierto que para mi el canto es una afición, un solaz. ¿Cuándo empezó en mí esta vocación? ¿Cómo se despertó mi ansia canora? Les voy a contar.
Muy poco tiempo estuvo cerrado el local que en su momento albergó una venta de motos, una parrilla, una tejeduría doméstica. Ahora es una peña folclórica: Peña La Cortada. Sus dueños son un matrimonio de edad mediana, muy simpático y muy distinto a los anteriores propietarios de la parrilla tejedora. En esta pareja el hombre es, como ya dije, de mediana edad. No muy alto, de atlética sólida contextura Sus maneras son muy agradables y es considerado en su trato con las personas. La mujer, obviamente su esposa, es algo más joven que él. Su cabello rubio, corto y prolijamente peinado, enmarca un rostro agradable que delata su ascendencia germana. Sencilla y agradable, en ella se revela una persona afable y laboriosa. Ambos me cayeron en gracia desde el mismo momento que pisaron mi vereda. Además sus nombres son muy simpáticos: Juancito, él; Juancita, ella.

A los pocos días de haber llegado al lugar, después de trabajar los dos al unísono para ordenar todo el revoltijo que había dejado el otro matrimonio, ponen en funcionamiento la Peña La Cortada. Un cartel, no luminoso, sobresale de la fachada del local con la propaganda del vino León – seguro que el costo del anuncio corre por cuenta del distribuidor de esa marca. ¿Comenzarán otra vez mis noches movidas? No lo sé porque en verdad no se que es, en realidad, una “peña”. Lo que si sé es que el horario de trabajo es nocturno porque Juancito acaba de poner un cartelito en la puerta de entrada anunciando que:

“Hoy abre sus puertas la Peña La Cortada.
Los esperamos a partir de las 9 de la noche hasta que las velas no ardan.
Empanadas, vino, guitarreada y amigos.
Esta noche la Casa corre con los gastos.
¡No Falten!”

Son las ocho de la noche y ya se encendieron las luces del local. Me siento más curiosa que excitada en esta noche inaugural. Lentamente se van acercando hombres y mujeres que por la forma en que son recibidos deben ser amigos de los anfitriones del lugar. La mayoría de los hombres portan guitarras. Lo que me intriga es un muchacho joven, que entra con un grupo muy ruidoso, portando un cilindro de madera, cerrado en ambos extremos, y dos palos como mazos. En fin, no voy a permitir que mi curiosidad me enrosque en esta noche de fiesta. Ya veré más adelante.

Lo que ahora veo son mesas y sillas distribuidas de tal manera que dejan un espacio semicircular, limitado por ese mostrador tan conocido por mi. Me doy cuenta que ese es el proscenio por donde desde esta noche en más han de desfilar guitarreros y algún que otro cantor. Esto me gusta. Ya no es más música envasada dentro de un tocadiscos, ahora es música en vivo. Y mientras comienzan a desgranar sus telúricas habilidades canoras, comienzan a aparecer sobre cada mesa - ahora sin hule a cuadritos - platos de gruesa loza blanca colmados de doradas, humeantes, tentadoras - no sólo por su aspecto sino también por su aroma – empanadas.

Cada plato contiene como mínimo 6 empanadas, grandes como alpargatas, que son repuestas sin prisa y sin pausa al desaparecer inmediatamente entre las fauces de los asistentes a la ceremonia de apertura. Estoy segura de mi cálculo sobre las unidades comestibles que desfilan ante mis ojos, pero no puedo tener la misma certeza para calcular la cantidad de vino que generosamente va repartiendo mesa por mesa el inefable Juancito.

En cuanto a las empanadas, obra exclusiva de Juancita, diré que las mismas reafirman la infalibilidad de mi intuición femenina. Desde que la conocí pensé que esta mujer era una excelente ama de casa. En verdad no se si es hacendosa en orden y aseo – es que tiene mucho que hacer pues para este matrimonio negocio y vivienda es una unidad funcional – pero que doy fe que es la mejor cocinera de empanadas que he conocido. A fuer de sincera debo confesar que ella es la única cocinera de empanadas que ha visitado – hasta ahora – mi pequeño mundo triangular. Mi amistad con Juancita – amistad de la cual ella nunca se ha de enterar, por obvias razones – se ha generado a través de mis papilas gustativas y mi epitelio olfativo. El efluvio que emana de sus empanadas, mezcla de cebolla de verdeo, queso muzarella más la ligera emanación algo untuosa de la grasa de pella con la que mi amiga empanadora las fríe, es un bálsamo para mi sentido del gusto. Es que ese aroma que llega hasta mí desde el fondo del local de la Peña es un festín en medio de mis noches románticas y folklóricas, noches de canto y guitarras.

Agapito

Alto y cenceño, de traje oscuro, camisa blanca - ésta siempre con su primer botón fuera del ojal – y sin corbata, este mozo es un correntino bien plantado. Cuando el entusiasmo del canto aumenta su temperatura corporal, se queda en mangas de camisa, las que arremanga simétricamente. Al hacer esto yo puedo ver la parte baja de sus brazos y su cuello tostados por el sol. ¿Será que este noctámbulo también vive de día? No sé, lo que si sé es que lleva en su porte el orgullo correntino. Su actitud me hace pensar que el ser correntino debe ser un plus al ser argentino. Es un bohemio nocherniego que llega a la peña todas las noches casi a la misma hora. Se sienta invariablemente a la misma mesa que parece reservada para él. A veces lo acompaña un muchacho joven. Son tan parecidos que es imposible no darse cuenta el lazo filial que los une. Ambos tocan la guitarra con una sencillez de artista de pueblo y una exquisitez de concertista de salón. Lo llaman Agapito. El apelativo es suficiente para sus amigos y admiradores. La gente no necesita saber el apellido de aquellos que cantan el sentir popular. Él es uno de ellos. El chamamé es su fuerte pero lo mismo la emprende con una chamarrita, un valseado o un tanguito montielero. Entre canto y canto demuestra su soltura como cuentista de hechos cotidianos con brochazos de ingenio popular, inocente y sabio

Esta noche, como todas, descansa sobre su mesa el infaltable atado de cigarrillos, la botella de vino tinto y la copa que siempre, milagrosamente, está medio llena del carmesí brebaje. Displicentemente comienza a rasgar las cuerdas de su guitarra y a cantar, con su voz algo pequeña y aguardentosa, todo lo que quiere decir. A su aire. Sentencian los eruditos que la voz del cantor es la voz del pueblo. Por eso Agapito canta al amor, al vino, a la esperanza, a la Guaina (11) que lo espera en los esteros y sentencia que para el pobre

“… el querosén siempre escaso,
la yerba del mate siempre de ayer,
el trabajo siempre mucho
y la paga siempre poca”.

La madrugada ha llegado. Ya es tarde aun para mí, una modesta insomne calle en diagonal. Me voy a dormir. ¡Hasta mañana!

El Payador

Esta noche - y todas las noches - el ambiente está eufórico. La armonía entre artistas y público siempre está presente en la peña. A mi me agrada ver el respeto con que los artistas son recibidos por los parroquianos. No importa la calidad de la interpretación. Esta conducta se debe en mucho a la presencia del dueño del local. Juancito tiene un trato considerado hacia el hombre – y alguna que otra mujer que se atreve de vez en cuando – que generoso regala su canto, su música, su alegría. Además, como buen conocedor de la noche y de los noctámbulos, siempre tiene una guitarra disponible, una copa de vino y un lugar preferencial para el musicante popular. No siempre los aficionados son los que dan la nota desafinada en el espectáculo. A veces los artistas “consagrados” cometen desaciertos que confirman que en el “pecado” está la “penitencia”.
Este es el caso del payador de la peña que está cantando ahora. Es un tipo joven, no muy alto, relativamente buen mozo. Sus actitudes muestran que es muy campechano, muy entrador. Es complaciente con los pedidos de la audiencia, payando en cifra y especialmente en milonga, nunca en contrapunto. Domina el arte de la paya con su guitarra y su rima espontánea, improvisa una o más cuartetas en versos octosilábicos aludiendo a las características físicas de los mismos que le piden una muestra de su talento en improvisar o a situaciones acaecidas recientemente y que son del conocimiento del público asistente.
Afortunadamente esta noche es tan calurosa que la puerta de entrada a la peña está abierta de par en par. Esto me permite disfrutar de la actuación de este cantor popular marplatense de inspiración fácil y regular versificación. Lo veo ubicado en el centro del proscenio, que en el local está a ras del piso, apoyando su espalda contra el mostrador lo que le permite una visión total hacia las mesas que están todas ocupadas. Una de esas mesas llama mi atención. A ella está sentada una muy bonita joven de no más de veinte años, calculo yo. A su lado hay una silla vacía sobre la cual descansa el estuche de la guitarra del payador. Éste, entre verso y verso, mira embelesado a la niña en cuestión. Aunque no la puedo ver de frente estoy segura que ella le devuelve esas miradas con el mismo intenso arrebato que él le envía. Mi intuición femenina me dice que este payador de ciudad debe ser algo picaflor.
Como crónica de un despelote anunciado les voy a contar lo que en este momento está sucediendo en el interior del local de la peña. Hace unos instantes ha llegado una mujer de edad algo madura y de formas bastante redonditas. Por su forma de comportarse me impresiona como una dama muy segura de si misma. Está parada justo en medio de la puerta de entrada, dándome la espalda. Su cabeza está bien erguida y dirigida hacia la persona del vate trovero, quien aún no se percató de su presencia. Éste, tal vez por haber sido siempre afortunado en los amores en que se entreveró sin complicarse, nunca pensó lo que se le está por venir. Esa arraigada costumbre suya de intercalar en su matrimonio alguna fémina diferente para darle variedad a la primera que llevó al altar, le va a costar muy caro a este mujeril rapsoda. Como es sabido que a confesión de partes relevo de pruebas todo lo que yo puedo decirles lo está diciendo el mismo en su último canto de esta noche:

“He de decirles amigos que es mi destino
Habérmelas de vez en cuando con la fulana que me casorió
He venido con mi novia
Y aunque no temo los castigos del amor conyugal,
Prefiero poner distancia entre el bombón que está aquí
Y la sisebuta que me ficha desde ahí”

Y ahí no más, sin siquiera enfundar su preciada guitarra, más rápido que ligero, pone pies en polvorosa. La veterana dama sale tras de su esposo “ante Dios y la ley de los hombres”, a la misma velocidad que él. Esto le permite descargar su ira a carterazo limpio sobre la espalda del antes enamoradizo varón y ahora domado cónyuge.
Juancito se siente en la obligación de aclarar, para aquéllos que como yo no sabemos nada de la vida personal de los artistas de la peña, que este buen hombre esta casado desde hace varios años con la señora que lo vino a buscar. Que ésta no es la primera vez que le suceden problemas por polleras y que, seguramente, pasará algún tiempo antes que este Casanova reaparezca por las peñas marplatenses.

El Lobizón

Hermosa noche de viernes. Casi no se ven estrellas en el cielo. La luz de una redonda, incandescente luna llena cubre el dulce titilar de las celestes luminarias. Acaba de entrar a la peña un individuo que impresiona tanto por su físico como por su vestimenta. Físicamente es alto y magro. Por su enjutez yo diría que debe ser duro e impetuoso. Su actitud es la de un hombre altivo, taciturno, silencioso. Su única compañía es una guitarra enfundada en un estuche de lujo. Apenas el hombre ha transpuesto la puerta es interceptado por Juancito. Este es un comportamiento nada común en el dueño de la peña, siempre gentil y amable con los que visitan su lugar de trabajo. Vencida por la curiosidad como siempre arrugo el cordón y empujo mi vereda hasta casi pegarla contra el vidrio de la vidriera. Esto me va a permitir enterarme de lo que acontece entre ellos.

El recién llegado está de espaldas hacía mi así que puedo oír lo que dice pero no ver bien sus facciones ni sus gestos. Lo poco que veo ya desata mi paranoica imaginación. Ya les dije que es alto y huesudo, pero lo parece más en comparación con Juancito que es algo bajo y fornido Pero no es esta diferencia física lo que alimenta mi mente fantasiosa. Es el tipo en su conjunto. Sus lacios pelos negro azabache, que le llegan hasta los hombros, están cubiertos por un sombrero de fieltro, tipo chambergo, también de color negro. Viste un pantalón raro, tipo bombacho, de color gris oscuro moteado y un saco corto hasta la cintura de la misma tela y color que el pantalón, Supongo que esta vestimenta deber ser un tipo de traje de hombre de campo. Lleva un cuchillo largo de gran tamaño, en la espalda. Este cuchillo, que se llama facón y es de plata, está sostenido, al igual que el pantalón, por un ancho cinturón de cuero blanco adornado con monedas. Mientras conversan, ambos hombres van moviéndose de tal manera que ahora Juancito me da su espalda y el otro su frente.
Si de espalda me asusta, de frente me aterra. Sus rasgos son duros, sus ojos negros miran fijamente a cualquier persona u objeto a la que dirigen su vista. Su nariz larga y aguileña está separada de sus labios por negros y largos bigotes que se entremezclan con una no muy prolija barba azabache. Una camisa blanca cubre su pecho. Es muy poco lo que de ella se ve ya que este individuo es un escaparate viviente de orfebrería en plata y oro Cadenas de plata y oro de todo grosor y largo cubren la pechera de su camisa. De los mismos materiales son los anillos que lleva en cada uno de sus diez dedos y las pulseras que luce en ambas muñecas. Y el cinturón que sostiene a su facón – y que yo sólo veo desde atrás – está totalmente incrustado por monedas y figuras de plata y oro. Además calza un par de botas que deben valer una fortuna.

Las voces de ambos hombres me traen a la realidad y a prestar más atención a sus palabras. El gaucho quiere cantar y Juancito trata de persuadirlo para que no lo haga. Le pide que vaya a otro lado pues el elenco está completo esta noche. Lo convence y consigue que se retire y se dirija a otro lugar de canto. Despejado el sitio, Juancito les dice a los que no lo conocen que este personaje, oriundo del partido de Lobos, es un buen tipo. Proviene de una muy buena familia y su afán es cantar en las peñas, no por necesidad económica sino por gusto personal. Agrega que a veces es mejor no dejarle hacer su voluntad pues puede ser algo molesto.

Hace una hora que vi por primera vez a este cantor. En este lapso de tiempo vino cuatro veces. Se fue tres veces esperanzado y regresó tres veces decepcionado porque no lo aceptaron en ningún lado. Pero a su cuarto retorno, Juancito lo invita a entrar y le dice que ahora es su turno de cantar. Me siento emocionada porque la decisión del dueño del lugar me demuestra que la alegría, en esta peña, no es sólo para los habitúes a la misma sino para los cantores, no importa si malos o buenos, que alimentan su alma del canto que regalan a los demás.
Desenfunda su guitarra cuidadosamente, rasguea un instante y… … y ahora me doy cuenta porque lo despachan de todos los lugares adonde va a ofrecer su arte. Su actuación provoca situaciones difíciles, primero porque su repertorio es muy acotado, sólo sabe una canción, y segundo por la manera de interpretar la misma. Va mesa por mesa cantando en forma íntegra e ininteligible la letra de la endecha folclórica de su autoría, mientras clava su mirada torva en los ojos de los parroquianos a los que dedica sus gorjeos. Esta modalidad de actuación más la personalidad del cantor siempre provocan algunos problemas. Es el caso de nuestra peña que alberga en su salón diez mesas. Al detenerse mesa por mesa interpretando la misma canción, su número musical no sólo es extenso en el tiempo sino aburrido en el contenido. Pero en verdad no hay ambiente de aburrimiento en el lugar. Es que el contacto visual entre sus patibularios ojos con los ojos de las personas que concurren habitualmente al lugar mantiene a éstos expectantes y en vilo. Se me hace que es el prototipo del cantor personalizado.

Juancito lo apura, le dice que hay otros compañeros que tienen que actuar y que no demore. Respetuosamente el artista detiene su canto y saca de un bolsillo una cajita de material plástico en cuyo interior, según él publicita, “hay una cinta magnética donde está registrada mi canción y puede ser reproducida en cualquier aparato pasacasete”. Pide permiso para venderla a los presentes. Imposible negarle el permiso. Antes de empezar la subasta Juancito le pregunta cuantas casetes tiene para vender. Este representante de la pampa húmeda confiesa tener uno sólo porque “es el único que he podido grabar en el aparato grabador que tengo en mi casa”. A este punto la paciencia de Juancito parece acabar y él mismo le enfunda la guitarra y lo despide hasta otro momento. No creo que valga la pena seguir con más detalles sobre la personalidad de este artista frustrado. El dueño de la peña y yo ya tenemos bastante por esta noche.

Ha pasado un mes. Ha vuelto el bardo desentonado. Esta noche parece un calco de la anterior. La luna llena sigue iluminando con toda su intensidad de lucero selenita. ¡Qué noche de martes más luminosa! … … Noche de martes… … luna llena… … Noche de viernes… … luna llena ¿No será éste trovador surero el séptimo hijo varón de un matrimonio que no tuvo una hija mujer en la alternancia de la parición? Por las dudas esta noche he de mantenerme atenta. Esperaré el lucero del alba antes de irme a dormir. ¿Quién podrá tener una planta de muérdago por el barrio? ¿O una ristra de ajo?
(continuará)